Desde aquel 15 de noviembre
de 2009 que nos despedimos con una abrupta mirada de indiferencia, no
había vuelto a saber nada de ella. Habíamos estado juntas muchos
años, íbamos al baño juntas, nos maquillábamos juntas, dormíamos
juntas, éramos uña y carne. Nunca nos habíamos separado tanto
tiempo, pero las cosas se habían puesto muy feas en esos días y no
hubo mas remedio que dejarnos espacio. Nunca pensé que eso pasaría.
Pasaron situaciones que causaron una gran brecha entre las dos,
arruinaron a mi familia y casi me llevan a mi al borde de la muerte.
Y todo por culpa de ella, de Celeste.
Solo
era un poco más alta que yo, usábamos casi siempre la misma ropa,
aunque con el tiempo y el crecimiento, ella se quedó atrás y ya no
compartíamos ropa, ni zapatos, aunque si todo lo demás. A las dos
nos encantaba maquillarnos, peinarnos y perfumarnos. Siempre
estábamos metidas en nuestra habitación escuchando nuestra música
favorita y contándonos todo tipo de secretos y aventuras que me
habían pasado en el colegio. Ella, por su condición, no iba al
colegio conmigo, pero yo siempre le enseñaba lo que había dado ese
día en clase y me escuchaba encantada y con los ojos bien abiertos.
Llego
la adolescencia y con ella los chicos. Nunca estaba conforme con los
chicos que me gustaban, dejó de venirse conmigo a todas las partes
de la casa, porque por su condición, ella nunca salía de allí. Se
quedaba encerrada en la habitación todo el día hasta que yo
llegaba. Y a veces no me recibía con buena cara. Siempre estaba de
mal humor. Aun así yo le contaba todo de mi, de las clases, de los
papás, mis miedos, mis angustias, mis deseos. Al fin y al cabo
éramos hermanas. Y siempre me escuchaba y tenía consuelo para mi.
Cuando
cumplí los dieciséis , me avergonzaba un poco de ella, de hecho
nadie en el nuevo instituto sabía de su existencia. Era un secreto,
aunque cuando llegaba a casa, allí estaba esperándome como siempre,
con su cara redonda e infantil, sus ojos redondos y sus ganas de que
le contara todo. A mi me reconfortaba tenerla y a veces en el
instituto la echaba de menos ¿ porque no podía estar conmigo allí?
No era justo. Debía hacer algo por ella.
Pero
desgraciadamente lo único que podía hacer era darle mi tiempo, el
poco tiempo libre que me quedaba, ofrecerle mi compañía y mi
cariño.
Una
mañana tuve una discusión enorme con mi madre y me encerré en la
habitación llorando, Celeste me daba su apoyo siempre, pero en esta
ocasión no me daba la razón. Le conté todo lo que había pasado,
como mama había leído mi diario y había actuado en consecuencia
cambiándome de instituto con el curso empezado y sin darme
explicaciones, había leído que me había peleado con una compañera
de clase y que sentía que me estaba acosando, aunque eran las
primeras impresiones de un curso y de unos compañeros a los que aun
debía adaptarme.
Le
conté como odiaba a mama en ese momento, por lo que había hecho y
por ir al instituto a denunciar a esa chica, como odiaba a esa
compañera que había propiciado todo este desastre. Le dije que me
gustaría que se incendiara la casa con ella dentro, cosas de
adolescente malcriada y consentida, que otra persona no habría
tomado en serio, pero Celeste si, ella me tomó en serio y pensó que
era una mala hija por pensar eso, teniendo todo lo que tenía.
Pasados
unos días me calmé y me disculpé con mi madre por ser tan
desagradecida y ella conmigo por haber invadido mi intimidad. Fue un
punto de inflexión entre las dos, nos empezamos a hacer más amigas
que nunca, mama me llevaba de compras, para cambiar mi vestuario, me
llevó a la peluquería para hacerme las mechas que estaban de moda
en ese momento, empezamos a ser mas confidentes que antes y pasábamos
mucho tiempo juntas y eso dejaba desplazada a Celeste.
La
empecé a notar cada día mas distante, más arisca conmigo, ya no me
miraba con ese amor y admiración de hermana que siempre me había
transmitido. Se notaba que estaba resentida conmigo o que sentía que
la había dejado de lado. Yo intentaba pasar momentos de calidad
juntas, pero ella ya no quería, se negaba y se escondía en su
habitación a leer, o simplemente a mirar por la ventana.
Como
el distanciamiento ya era un hecho, pedí a mama que si podía
instalarme en la guardilla yo sola, yo también necesitaba mi espacio
y mis pertenencias cada vez ocupaban mas espacio. No podía compartir
armario con ella, aunque tuviera cuatro trapillos como solía decir
siempre.
A
veces sentía que no existía, se me olvidaba que estaba ahí
encerrada en su habitación, ni siquiera coincidíamos en horarios de
comidas, y pasábamos días casi sin vernos. Su mirada cada vez que
nos cruzábamos por el pasillo era de indiferencia total hacia mi.
Había pasado a un segundo plano para ella y ella para mi.
Hasta
que caí mala, cogí una infección bacteriana muy grave y no podía
salir de casa, igual que ella, empezamos a volver a pasar tiempo
juntas, yo en cama y ella a mi lado haciéndome compañía día y
noche, no me dejó sola ni una sola vez.
Tuvimos
conversaciones muy privadas como antes, volvíamos a ser las
confidentes de siempre, amigas y hermanas. Yo estaba muy agradecida
por no haberme dejado sola. Mama y papa tenían que salir a trabajar
todos los días y ella se quedaba a mi lado a cuidarme. Mi infección
no remitía y cada día estaba mas débil, los médicos no sabían
que me estaba pasando, iba de tratamiento en tratamiento y no
mejoraba, hasta que decidieron ingresarme en el hospital. Yo creo que
ese fue el desencadenante de todo.
Yo
estaba muy medicada y no me enteraba de si era de día o de noche,
mama y papa venían todos los días y estaban conmigo, ella no podía
salir de casa y no sabía nada de ella.
Un
mañana de noviembre, llevaba varias semanas ingresada y estaba mejor,
a primera hora de la mañana como siempre estaba esperando a que
llegaran mis padres, el medico me había dicho que me iban a dar el
alta ese mismo día y estaba deseando que llegaran para decírselo,
pero no venían.
Se
hacía cada vez mas tarde y ya las enfermeras me dieron mi ropa para
que me vistiera y esperara en la sala de espera a que vinieran a por
mi, ya que tenía el alta pero mis padres no llegaban.
El
medico acabo su turno y me dijo que no podía esperar más. Me dio la
documentación del alta y se fue. Yo me quedé ahí esperando toda la
mañana y a las dos de la tarde una enfermera que me había cogido
bastante cariño, me dijo que iba muy cerca de donde yo vivía y me
podía llevar a casa. Yo acepté con ansias porque quería salir de
allí y porque la preocupación era grande. Algo habría pasado para
que no vinieran al hospital papa y mama. ¿Le habría pasado algo a
Celeste? Su cuerpo era muy débil y cualquier gesto o golpe brusco la
podía destrozar.
Estaba
ansiosa por llegar y no me di cuenta del humo hasta que bajé del
coche de la enfermera.
Los
bomberos intentaban sofocar sin éxito las llamas que asolaban mi
guardilla. El humo era negro e intenso. Mis padres estaban desolados
mirando hacia su casa y Celeste estaba con ellos. Miraba al suelo,
como si no quisiera mirar el desastre. Mama al verme corrió a mis
brazos y se disculpó mil veces por no haber podido ir al hospital a
verme. No les habían informado del alta y estaban tranquilos
pensando que seguía en el hospital y no tendría que ver lo que
estaba pasando. Papá en cambio estaba frio y no me miraba ni
siquiera. Yo no entendía nada. Celeste tampoco cruzaba mirada
conmigo, después de estar varias semanas sin verme, no me dijo ni
hola. Estaban en shock.
Los
bomberos dijeron que había sido un fuego aislado y no se podían
averiguar las causas. Se quedó así la investigación, se montaron
en el camión y se fueron.
Mis
padres, Celeste y yo nos quedamos en la calle, solos, sin nada, y
solo con el triste amparo de los vecinos y la desoladora idea de
dormir en el coche los cuatro.
Esa
noche intenté hablar con Celeste, pero no me dirigía la palabra,
era un tempano de hielo. Yo empecé a llorar desconsolada y les
gritaba a mis padres porque no me perdonaba lo que fuera que le había
hecho.
Al
día siguiente volví a caer mala, mis padres muy asustados me
llevaron al hospital de nuevo, no sabían que tenia y los médicos me
volvieron a ingresar en el hospital. Con tanta medicina yo volvía a
estar casi sin sentido, no sabía ni donde estaba ni que día era.
Pasaron días y semanas, yo seguía igual. Nadie me decía nada, mis
padres venían, pero a veces venían muy poco tiempo. Porque no los
dejaban estar mucho tiempo allí.
No
volvía a saber nada de Celeste, desde aquella mañana en la que nos
habíamos despedido para irme al hospital. Ella se había quedado en
la puerta de casa esperando a que volvieran mis padres, me miró, yo
la miré y nunca más supe nada.
Una
mañana en la que mi madre vino a visitarme le pregunté por Celeste,
mi madre, miró al suelo y se levanto para salir de la habitación.
-
¿ mamá le ha ocurrido algo a Celeste?
-
¿Estaría enferma como yo?
-
A lo mejor era algo que habíamos comido juntas.
Pero
mi madre ni me escuchó. Cerró la puerta de la habitación tras sus
pasos y al rato vino la enfermera. Me dijo que mi madre había tenido
que irse ante mi insistencia de saber de su paradero. Me volvió a
dar la medicación que me dejaba semiinconsciente y no se cuanto
tiempo pasó hasta que me madre volvió al hospital.
Mi
padre no había venido tampoco en todo este tiempo, pero mi madre
siempre me decía que estaba trabajando. Y yo lo entendía porque su
trabajo siempre lo había mantenido lejos de casa.
Una
mañana de las que vino, el medico me dio la gran noticia de que me
dejaba irme a casa el fin de semana con mi madre, ya que me
encontraba un poco mejor, con la promesa de que el lunes me trajeran
otra vez para seguir con el tratamiento. Mi madre no se puso muy
contenta, me dijo que de momento habían alquilado un apartamento de
un solo dormitorio, porque no tenían dinero para más. Hasta que el
seguro no pagara todos los daños y perjuicios tendría que dormir en
el sofá ese fin de semana.
A
mi no me importó. Pero cuando llegué al apartamento no había ni
rastro de Celeste. Mi padre tampoco estaba. Aunque eso siempre era lo
normal, pero Celeste no podía salir de casa por su condición, con
este frio lo estaría pasando mal, con sus finos zapatos ortopédicos
y su delicado y ya maltrecho cuerpo.
Le
pregunté a mi madre por ella. Mi madre me miró y lanzo un gran
suspiro, pero no me contestó, volví a preguntarle por segunda vez y
se encerró en el baño con el móvil. ¿Por qué no quería decirme
donde estaba Celeste?, ¿Qué había pasado? Estaba tan asustada que
empecé a aporrear la puerta del baño, gritándole a mi madre que
porque no me dejaba ver a mi hermana.
Al
cabo de un rato llegó mi padre y me cogió de la mano para que me
calmara, me dijo que mama no se encontraba bien y que íbamos a
tomarnos un gofre juntos para que me calmara.
Sin
darme cuenta estábamos en la puerta del hospital otra vez, mi padre
me dijo que no era bueno que durmiera en el sofá estos días y que
había hablado con el medico que lo mejor era que siguiera a sus
cuidados hasta que encontraran una casa mejor y resolvieran todos los
problemas.
Acepté
con lagrimas en los ojos y un nudo en la garganta, pero entendí que
papa lo hacia por mi bien, ¿pero que le pasaba a mama? Nadie me
había dicho donde estaba Celeste.
Intenté
averiguarlo preguntándole a las enfermeras. Pero solo conseguí que
me pusieran la medicación que me dejaba medio dormida. Así pasé
tiempo, no se cuanto, semanas, quizá meses. Había días que no
recordaba ni a mis padres, ni a Celeste, ni mi nombre, pero me
encontraba bastante sana.
Le
comenté al doctor que ya me encontraba bien, que quería hablar con
mi familia para ver si ya habían encontrado una casa en la que
pudiera estar sin caer enferma otra vez. No sabían el origen de mi
enfermedad, ni la causa, pero parece ser que era debida a una
bacteria alojada en el cerebro. No habían conseguido erradicarla de
ahí pero al menos estaba dormida. O eso pensaban, no tenían muy
claro que ese diagnostico fuera certero.
Unos
días después vino mi padre otra vez, me dijo que estaba contento de
verme, pero que de momento no podía llevarme con el.
Pasado
un tiempo, no se cuanto, me dieron el alta. No sabía nada de mis
padres, ya no había casa donde yo me había criado y nunca más supe
nada de Celeste.
Me
mandaron a un piso tutelado para huérfanos, yo ya ni preguntaba por
mi familia, por vergüenza, por desidia o quizá por miedo a que me
dijeran que habían muerto. Y por Celeste menos todavía, no había
sabido nada de ella en todo este tiempo, si ella no me quería
perdonar por lo que fuera que le hice, pues yo a ella menos.
Pasaron
los años y había terminado mis estudios de Administrativo, encontré
un trabajo y me fui a vivir de alquiler con una compañera de
trabajo.
Nos
llevábamos muy bien, era una chica muy parecida a mi, casi como
Celeste, pero sin sus limitaciones. Podíamos hacer de todo juntas,
por fin tenia una amiga que me contaba cosas a mi, no siempre yo era
la que hablaba. Me presentó a su hermano y en seguida congeniamos y
empezamos a salir.
Fueron
unos tiempos geniales, nos hicimos novios formales, empezamos a
convivir, me iba muy bien en el trabajo y me quedé embarazada.
Tuvimos
dos hijos en un plazo muy corto de tiempo, yo pensaba mucho en mi
madre, porque me hubiera gustado tener su ayuda criando a mis hijos.
Pero ella nunca más quiso saber de mi, y yo pues no iba a ser menos.
La
vida seguía y un día cualquiera, entré en casa y ahí estaba
Celeste, igual que siempre, con su ropa impoluta, sus zapatos
ortopédicos y su pelo liso y brillante.
Me
dio un vuelco el corazón y no sabía ni que decirle. Llevaba conmigo
a mi hijo mas pequeño que se puso a llorar histérico en ese
momento. Celeste no lo miraba, solo me miraba a mi fijamente. Mi hijo
quería escapar de mis brazos pero yo no era capaz de soltarlo. Me
arañaba, me gritaba y quería zafarse de mi, pero yo no quería
soltarlo porque no me fiaba de Celeste, porque estaba aquí, ¿a que
había venido?.
Creo
que perdí el conocimiento y me volví a despertar en el hospital.
Los recuerdos de un pasado en ese sitio empezaron a agolparse en mi
mente. No quería estar ahí y quería ver a mis hijos y a mi marido.
Eran lo único que tenia en este mundo y no podía abandonarlos. Las
enfermeras me dejaron dar un paseo por el pasillo oscuro y solitario
de la planta en la que estaba, fui dando un paseo intentando ordenar
mis pensamientos y en un recoveco del pasillo había un descansillo
con varias sillas y una mesita con revistas y periódicos.
Me
senté a leer un poco porque pensé que sería buena idea.
Ahí
en la portada del periódico estaba Celeste. ”La asesina
silenciosa”. Decía el titular.
Mi
pulso se empezó a acelerar, no atinaba a pasar las paginas para
encontrar la noticia y por fin la encontré.
Celeste,
la asesina silenciosa ha vuelto a hacerlo.
Tras
quince años de su paso por el psiquiátrico por el intento de
asesinato contra sus padres y haber incendiado la casa familiar, ha
vuelto a hacerlo.
Ha
asesinado a su hijo menor de tres años. Ahogándolo con sus propias
manos.
En
esos momentos llegó su marido y tras forcejear con ella consiguió
escapar y llamar a los servicios de emergencia. Nada se pudo hacer
por el pequeño que yacía en el suelo de su casa.
La
agresora se encuentra ya a disposición de la institución mental de
la que nunca debió de haber salido.
Corrió
a toda prisa por el pasillo del hospital a buscar a las enfermeras,
para decirles que esa era su hermana, que ya sabía porque nunca mas
volvieron sus padres a buscarla, que tenia que salir de ahí para
saber donde estaba su hijo menor ya que cuando ella se desmayó su
hermana estaba ahí.
La
enfermera la miro confusa y la cogió de la mano suavemente para
calmarla. La llevó a una habitación muy iluminada en la que había
un gran espejo un poco borroso, parecía de plástico.
Ante
sus ojos Celeste se mostraba en el espejo.
No
sabía que estaba viendo y se asusto mucho. La enfermera le volvió a
pasar el periódico que le había dado con la cara de Celeste y le
dijo.
La
asesina iba acompaña de una muñeca de los años 80 llamada Celeste
que medía 120 cm, desde pequeña estaba obsesionada con que tenia
una hermana invisible y nada mas que se separó de ella mientras
estuvo internada en el psiquiátrico.
La
echaron de múltiples institutos y colegios debido a que hablaba sola
y se quedaba con la mirada perdida durante horas.
Enajenada
desde los dieciséis ha vivido en un mundo de fantasía del que según
sus médicos nunca va a poder salir.
-Yo,
soy Celeste...Yo maté a mi hijo.
-
Ahora te veo Celeste, aquí estas en el espejo, después de quince años…
Celeste estampo su cabeza
contra el espejo con todas sus fuerzas, ante el pasmo de la enfermera.
Quedo
medio moribunda con restos de cráneo en el espejo.
Una
fina esquirla de espejo se desprendió y aprovechó en un momento de
forcejeo con los enfermeros que llegaron abruptamente, y se rajó la
yugular.
Cayó
muerta en ese momento, solo balbuceó unas palabras.
-"TE
ODIO CELESTE".
Los
enfermeros y equipo medico intervinieron inmediatamente pero ya era
tarde. Celeste se había ido para siempre...
FIN
Sara Soler López
5/6/24
Reescrito 04/11/25