miércoles, 26 de noviembre de 2025

La matanza

 


Uno, dos, tres, siete... 

¡No! !mal! !Empieza de nuevo!

Uno, dos, tres, ocho...

¡No! !De nuevo, mal! !Cuenta!

Uno, tres, cuatro...

¡No! ¡Mal!! ¡Sólo tienes que contar del uno al cinco!

Sí, señor, uno, dos, tres, cuatro, cin...

Antes de terminar de contar, un disparo sonó sordo, hueco, como todos los restantes disparos que sonaban, tras la cuenta hasta cinco, de los prisioneros. 

Fin

Sara Soler López



Dos versiones

PASOTA MURCIANO

¡Cagón Dios pariente!

Me has quitao el cargador, que reservé el chisme éste y vas tú y te colocas ahí con tu buga.

Pariente, quítate qué la vamos a tener. Que vengo a to pijo porque me soplan un euro. Que

a ti te da igual, con tu tesla de mierda, pero yo o lo cargo aquí o le tengo que echar gasofa.

Me parece que no te enteras, contreras, que te vayas, que el cargador está reservao o llamo

a la pasma, colega. Pariente, que te pires...

Bueno, si te vas a poner así, amigo, no te sulfures, que con tu metro ochenta no me metes

miedo, pero hombre, si me sacas esa pipa, pues yo me largo y te quedas tú la plaza del

cargador, faltaría más, amigo. Vamos, qué, si quieres, hasta te paso la reserva para que no

tengas problemas.

Ale, ahí te quedas, que, ya si eso, voy yo a la gasolinera y le pongo gasofa, que para ir de

aquí a Alquerias para ver a la parienta, me sobra.

Fin

PIJA.

¡Osea tía!, ¿pero cómo ha podido pasar esto? ¡Pero si yo lo he reservado por la App, tía!

Otra vez me han quitado el sitio, vamos, te lo prometo por Dior, que yo siempre me

preocupo de reservar antes de sacar el mini eléctrico del garaje, no sea que me tenga que

volver con la cara de la Cayetana cuando le quitaron el novio delante de sus narices, que

fomo, tía. Esto... pero te lo juro por Snoopy que vergüenza más grande, ósea, y ¿ahora qué

hacemos? Hola. ¿Podrías dejarme mi sitio, tía? Resulta que yo vengo con la reserva, osea,

que con lo que me ha costado llegar hasta aquí, ósea, que había un tráfico infernal.

Horrible, y eso que mi amiga Chari me ha avisado antes de salir, “Mari, hay un tráfico de

Cibeles”. He tardado una eternity en llegar al cargador, ósea, no veas. Qué no me escuchas,

ay, qué fomo me está dando... Ay, perdona, no te preocupes, tía, qué seguro que hay algún

cargador libre por aquí cerca, o meto el mini otra vez en el garaje y le pido a la Cayetana

que me lleve al centro.

Por Dior, no te pongas así, qué ya me iba. 

Das lache que lo sepas.

 Bye, tía.

Fin.

Sara Soler 

lunes, 24 de noviembre de 2025

LA TOALLA MOJADA.

 

LA TOALLA MOJADA.

Despertó de un largo y reparador sueño. No estaba en su camarote... Estada desnuda.

Abrió los ojos despacio, que, cegados por el sol de la mañana, se veían aún más de color melocotón que

habitualmente.

Su femenino cuerpo desnudo se veía reluciente bajo las sábanas blancas iluminadas por el sol. La cama

estaba vacía y Ana sonrió.

Era una chica dulce, amorosa, y se hacía querer por todos. Aunque ahora tostada por el sol del barco, su

piel era blanca y pecosa, contrastaba mucho con la castaña media melena y con el color claro de sus ojos,

lo que le daba un aspecto juvenil que todas sus compañeras envidiaban.

Usaba perfume Channel no 5, desprendía misterio y sofisticación, lo que le había ayudado a encajar muy

bien en su puesto de azafata en cruceros de lujo. Tenía estilo, siempre se había preocupado a partes iguales de su aspecto y de su educación, hablaba cuatro idiomas y era experta en protocolo.

Salió del camarote a las ocho en punto, como cada mañana, con el uniforme impecable, traje azul capitán, chaqueta cruzada, blusa de seda y falda de tubo por encima de la rodilla, con una discreta abertura trasera.

El cabello recogido en un moño italiano que rezumaba lujo silencioso y un discreto maquillaje en tonos

rosados.

Siempre se cruzaban en el pasillo Óliver y Ana. Ana olía tan bien que Oliver no podía evitar aspirar su

aroma al pasar junto a ella. Cuando llevaba el pelo suelto, tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no

caer desmayado a sus pies. Era una mujer increíble. Todos la deseaban, pero ella sabía guardar las

distancias y hacerse respetar por todos, era intocable. Además, él era sólo el barman de uno de los bares

del barco; Ana jamás se fijaría en él. No era feo, al contrario, era un hombre bastante guapo para ser

alemán. Aspecto nórdico, fuerte como un soldado vikingo, ya que cada día a las seis de la mañana subía al gimnasio para potenciar sus músculos y mantenerse en forma. Permanecía encerrado en el barco durante muchos meses y, aunque el barco era inmenso, él se movía por espacios muy reducidos. Óliver era rubio de ojos azules. Algo que Ana encontraba irresistible.

Ella aguantaba la respiración cada vez que se cruzaban al salir del camarote, no quería que Óliver notara

que el pecho se le agitaba a su paso. Desde el primer día eran vecinos de habitación y ella soñaba cada

noche con esos brazos rodeando su cuerpo. Estaba loca por él, pero Óliver parecía que la ignorara.

Aquella noche Ana vio que la puerta de Óliver estaba entreabierta y pensó en cerrarla, pero llamó con

varios toques.

-Hola, soy Ana, ¿estás ahí dentro?

-¡Adelante, Ana! Estoy en la ducha, salgo enseguida -dijo Oliver.

Ana entró en la habitación, que olía a perfume de hombre y a testosterona, se notaba que había estado

haciendo deporte, sólo imaginarlo, sin camiseta y sudoroso, se estremecía. Estaba increíblemente excitada y, sin darse cuenta, se sentó a los pies de la cama mirando hacia la puerta del baño. Deseando que saliera semidesnudo y mojado. Su imaginación volaba tan rápido que se quitó la chaqueta y se desabrochó los primeros botones de la blusa del uniforme.

Cuando Óliver salió de la ducha, Ana estaba totalmente avergonzada, pero mordiéndose los labios

mientras lo miraba con deseo.

-¿Quieres tomar algo Ana? -le dijo él.

-No, no, no, no, sólo quería saber si estabas bien, tu puerta estaba abierta. Yo sólo... -titubeaba

Ana sin saber que decir, aunque se había metido en la habitación sabiendo perfectamente lo que buscaba.

De repente, Óliver se ilusiono con la posibilidad de enrollarse con Ana, notó su mirada de

deseo, se percató de que se había desabrochado varios botones de la blusa y vio en ella una actitud


seductora.

Ella no decía ni palabra y Óliver la miraba embobado.

-Ana... ¿querías algo? -le dijo él.

-La verdad, si quería algo respondió Ana mientras se acercaba a Óliver al tiempo que le ponía un

mechón de su pelo mojado tras la oreja.

-Ana... no te acerques tanto, que no voy a poder contenerme... sonrió Oliver, susurrando casi

sin aliento.

-Quizá eso es lo que quiero, Óliver... que no te contengas.

Óliver pudo por fin oler el pelo de Ana, olía tan bien, que no podía casi respirar. El corazón de

Óliver, que estaba casi desnudo y mojado, le latía a 200 pulsaciones. Sus cuerpos se acercaron

peligrosamente y la toalla estuvo a punto de caer al suelo. Óliver necesitaba controlarse, tenía que ser más sensato, no quería que Ana pensara que era un ligón de medio pelo, porque él era un tío formal y estaba loco por esa mujer. 

Pero, mientras él estaba dubitativo, Ana no quiso perder el tiempo. Lo besó sensualmente y él no se resistió, pegó su cuerpo al de ella y la agarró fuertemente por la cintura, fue un beso largo, salvaje, cargado de intenciones y deseos.

Como Óliver temía, la toalla cayó al suelo, pero Ana, lejos de sorprenderse, sonrió y se agachó a

recogerla...

Fin.

Sara Soler López, 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

“Crónica de un parto anunciado”


Inseguridad, miedo, ilusión, entusiasmo, inseguridad de nuevo...Quiero salir corriendo. Toda la noche bebiendo tila, pero aun me siento ansiosa. En pocas horas te tendré conmigo. Si no fuera por ti, por las ganas de verte, saldría de mi cuerpo ahora mismo. Huiría lejos, o a la cama de mis padres, a mi infancia, a su refugio.

Mi marido me apoya, lloro, suspiro. Me abraza, nos vamos, no quiero ir al hospital, quiero quedarme en la cama, me da miedo, pero tengo que ir.

Tienes que salir de aquí, mi interior es hostil para ti. “Queda poco mi niño”, en seguida nos conocemos. Ya hemos montado la cuna. Dios que vaya todo bien, que respires. Todo va lento, como una ensoñación, vamos a pasar a ser dos. Te van a sacar ya. Empieza la odisea… Dolor, miedo, soledad. Recuerdos difusos. “¿quien es toda esta gente?” Me atan, estoy boca arriba, brazos en cruz debajo del abrasador foco de quirófano. Soy Jesucristo crucificado. Tengo miedo… lloro.

Me dejo hacer, hurgan en mi interior, venga vamos, "se paraba su corazón".

Un hombre enmascarado se sube encima de mi, me empuja, me siento borracha. No puedo vomitar, me ahogo, me sigue empujando las costillas…

Te escucho llorar, ya estás aquí, todos me miran. No te veo, “que alguien me ponga las gafas” veo tu cuerpecito. Te ponen junto a mí, hueles delicioso. Te beso… Por fin mi Nenuco recién nacido ha vuelto a mi. Aun recuerdo a ese muñeco, es igual.

Te meten en tu cuna de cristal, “llevarlo con su papá”. Te amo pequeñín, me duermo… Te miro, tu cara es como una manzana. Eres precioso. No he muerto, he creado vida. Me siento sola de nuevo, oscuridad, miedo. Dios, que puta locura ha pasado aquí. Estoy eufórica ahora, me estoy volviendo loca, cuantas emociones. Que sueño...

Fin

Sara Soler López

lunes, 17 de noviembre de 2025

Evita "On the rocks" Versión Caperucita roja.

 

EVITA “ON THE ROCKS”



Eva era una chica preciosa. En el barrio la conocían todos como Evita, por su melena rubia. Llamaba la atención por donde pasaba, ya que tenía una larga melena ondulada, ojos color ámbar y vestía siempre impecable. Parecía que se iba a comer el mundo.

Su padre, un viejo hostelero ya jubilado del “Bar On the rocks”, desde la muerte de su madre, intentaba cuidarla y protegerla como podía. Había dejado al cargo de su hija el bar, pero la orgullosa Eva no se dejaba controlar de ningún modo.

Como siempre, Evita se encargaba de llevar el negocio a trancas y barrancas. Ya que un bar como el suyo, regentado por una mujer, no estaba bien visto y nadie se lo ponía fácil. Pero ella seguía adelante como siempre, con la cabeza alta y siguiendo, a veces, los consejos de su padre.

Una noche, un cliente, que nunca había pasado por allí, se sentó en la barra y le pidió un café. El cliente parecía agradable, hablaba con el café humeante entre las manos y Evita se entretuvo largo rato con él.

El bar se vació sobre la hora de la cena y ella se dispuso a recoger mesas y a atender una llamada de su padre, en la que le recordaba que, después del cierre, debía llevar la recaudación directamente a casa, ya que al día siguiente debían efectuar unos pagos a Hacienda a primera hora antes de abrir el negocio.

Evidentemente el extraño se percató de la conversación y, mientras Eva le daba a su padre las cifras del día y le preguntaba cuánto efectivo tenían en casa para ver si era suficiente para enfrentar la deuda, el extraño se ofreció amable para ayudarla a recoger la terraza, así ella acabaría antes con los quehaceres típicos del cierre de un bar.

Siguieron hablando de todo tipo de cosas que iban surgiendo en la conversación, hasta que Evita cerró la puerta y se dispuso a despedirse de aquel amable caballero.


- Ha sido un placer conocerlo, le agradezco mucho su ayuda, mañana está usted invitado al café que prefiera. No dude en pasar por aquí. Pero disculpe, que no le he preguntado su nombre -le dijo Evita.


- Me llamo Lorenzo, pero todos me llaman Lobo -le dijo él mientras cogía el dorso de su mano para besarla con galantería.


- Yo soy Eva, pero, como habrá podido comprobar este rato en el bar, todos me llaman Evita -dijo ella mientras guardaba las llaves en el bolso junto con un sobre.


- Pues Eva, un placer y hasta mañana entonces.


Eva se quedó un poco desconcertada al ver la calle tan oscura y miró su reloj para percatarse de que a esas horas no podría coger ningún autobús.

Lobo aprovechó el titubeo de Eva y volvió tras sus pasos.


- ¿Te puedo acercar a algún sitio? Tengo el coche a tan sólo dos calles de aquí -le dijo Lobo con una amplia sonrisa. –Pero sólo si me pilla de paso a casa, ya que no me gustaría desviarme mucho. -¿Por dónde vives Eva?


- Pues vivo a pocos minutos de aquí, pero, como es carretera, no me gusta ir andando sola a estas horas. Está junto a la Gasolinera Repsol frente al parque Astronómico. La casita blanca que tiene un gran árbol en el porche. No tiene perdida, solo está esa casa. ¿Te pilla de camino? -dijo Eva.


- Uy, sí, por supuesto. Si te parece bien, como estás cansada, voy por mi coche y te recojo aquí en pocos minutos -dijo Lobo. -Te lo agradezco mucho, hoy los tacones me han destrozado los pies. Eva, o Evita, se apoyó en la fachada del bar esperando a su nuevo amigo. Pero los minutos pasaban y Lobo no llegaba.

Tras más de media hora esperando, decidió que se marchaba. Probablemente ese hombre se había arrepentido de su ofrecimiento.

Eva se marchó y, tras 20 minutos de caminata, vislumbró a escasos metros la casa familiar, aunque había algo extraño en ella. Estaban todas las luces apagadas y eso era raro en su padre, que siempre la esperaba para cenar y una ver película juntos.

Abrió la puerta despacio y sigilosa.


- Papá, ¿estás en casa? -dijo Evita alzando un poco la voz-. Papá, papá…


Comenzó a buscar a su padre en cada una de las habitaciones de la casa, pero estaba todo en silencio, “se debía haber ido la luz en casa, porque no funcionaban los interruptores”, pensó Evita.


De repente, escuchó el sonido del agua en la ducha, pero la puerta estaba cerrada. Abrió la puerta…


- Papá, ¿eres tú? -dijo Evita.


-Sí, soy yo, mi niña. Se ha ido la luz. Espérame en la sala que en seguida voy -dijo Lobo imitando la ronca voz del padre.


- Vale, papá. Ahora te veo. He traído la recaudación, no tardes.


Evita estaba sentada en el sofá de la sala de espaldas a la puerta, únicamente con la luz de la luna que entraba a duras penas por la ventana. Escuchó pasos y dio por hecho que era su padre.


- Papá, siéntate aquí conmigo -dijo ella, amorosa.


- Sí, Evita, ya voy… -dijo Lobo.


-Papá… -entonces Evita no pudo decir más.


El cruel y despiadado Lorenzo, alias Lobo, era un delincuente fugado de las autoridades. Cuando lo iban a meter en la cárcel por triple homicidio, se dio a la fuga. Y acabó escondido en el “bar on the rocks”.

El precioso cuello de Eva fue degollado con un fino hilo de acero. Casi no se resistió. La atacó por detrás y a oscuras, ella no tuvo tiempo de pensar, no sufrió.


Fin

Sara Soler López



viernes, 14 de noviembre de 2025

La llamada. Canciones en el olvido

Elena miraba a calada de un cigarro.

Elena miraba, a través de los finos visillos de la ventana, la humedad de la calle y el calor de la habitación, que los delgados cristales. Elena estaba sola y él no la recordaba...

Ella sentía que su piel se erizaba y sus ojos se humedecían al escuchar los primeros acordes de su canción. Esa canción que siempre los había unido y que siempre se ponía para ahogar las penas en alcohol.

La sucesión de notas melódicas y arpegio de los violines iban al unísono de sus lágrimas. Su corazón latía despacio, fruto de la embriaguez y del exceso de nicotina.

Los restos de whisky y tabaco llenaban la habitación de un olor dulzón a melancolía. El olor que transmite la desesperación del amor olvidado.

En sus manos, Elena sostenía un vaso medio vacío de Jack Daniels, que giraba incansablemente aspirando la última calada de un cigarro.

Sentía que estaba acabada, sus pies descalzos tocaban levemente el sucio y frío suelo. Sentada en la cama, sólo había acertado a quitarse los zapatos y esparcirlos de una patada al otro lado de la habitación. Ni siquiera se había fijado en las sucias sabanas, ni en los restos de vómito que había en el suelo cerca de sus pies.

Apagó el cigarro en el cenicero de la mesita, buscó el número en la agenda del móvil, respiró profundamente y le dio a llamar...

Sonó un tono... el vacío... dos tonos... la nada.

Sonaban huecos y lejanos, como si la línea telefónica supiera que al otro lado jamás respondería nadie.

Tres tonos, cuatro... tragó saliva y bebió del vaso lentamente, saboreando el trago más áspero de su vida.

Un mensaje sonó al otro lado de la línea. No quería ni escuchar lo que la operadora iba a decir, pero, en su interior, seguía teniendo un rayo de esperanza.

“El numero al que llama está apagado o fuera de cobertura...”.

Tiró el móvil al suelo, acertó a coger los zapatos y el bolso para salir en su búsqueda; llovía mucho y estaba oscuro. Se calzó los Laboutin que él le había regalado hacía años... Tantos años como hacía que no lo veía. El tiempo que estuvieron juntos fueron felices, ingenuos y ajenos a todo lo que se les venía encima.

Elena sabía a donde debía dirigirse, pero no tenía ni idea de que iba a hacer al llegar allí.

Estaba lista, e iba con toda la artillería pesada. Seguía teniendo la belleza de la que él se había enamorado y, pese a los años que habían pasado, estaba segura de que él seguía amándola, aunque no la recordara.

“!Maldita enfermedad!”, pensó ella.

Notaba cómo de sus manos se escapaba toda la energía y ya no podía contenerse más. Ahora o nunca, quizá mañana, podría arrepentirse... porque puede que él ya no estuviera.

Fin

Sara Soler López

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Incidente en el camino del Pantano.

 




Son las 8;35 de la mañana y el bus llega tarde…

Está allí, lo se. En la carta que me mandó Guadalupe, lo deja bastante claro.

“El sol se filtra por el agua cristalina y refleja destellos verdes de las algas autóctonas, con reflejos naranjas de las carpas mas grandes que haya visto jamás.” Es una gran pista que me llevará a encontrarla.

El pantano está a 20 minutos andando de la parada del bus, no puedo esperar mucho más.

Hoy, si o si, tengo que subirme a ese autobús.

Aquí está el bus, el mismo conductor de siempre, y yo, encabronado porque el bus va bastante lleno y en la parada somos mas de 15 personas, no puedo quedarme fuera y esperar al siguiente, tengo que subirme a este sea como sea.

Hay dos viejas a las que tengo que dejar pasar, una preñada gordisima y una mujer con un niño en brazos que lleva la silleta plegada a cuestas. Esas también tienen prioridad.

Lo malo es que hay gente que llegó antes que yo a la parada y con esos voy a tener que pelearme.

Se ha abierto la puerta del bus y se han agolpado todos para ir subiendo y pasando la tarjeta.

Me pongo al lado de la chica del bebé y le agarro la silleta para ayudarla a subir, me voy a colar descaradamente haciendo de buen samaritano, pero o subo o subo. 

La chica ha pensado que le iba a robar el bolso que iba acoplado a la silleta… Me ha empujado la muy desagradecida, encima que la quería ayudar.

Se ha puesto a gritar y me han sacado a patadas de la parada.

El conductor se ha marchado con todos los pasajeros arriba del bus, excepto yo.


Este chico me está dando mala espina, no para de mirarnos a mi hijo y a mi.

Lleva mala cara, o no ha dormido o va borracho, o quizá algo peor.

Está desesperado, se le nota porque no para de mirar el reloj cada pocos segundos.

Va bastante desaliñado y sucio, probablemente quiera robar algo dentro del bus. Ya me ha fichado el bolso donde llevo la recaudación para ingresarla en el banco.

Yo creo que los demás también se han dado cuenta porque todos se están apartando de el y  no para de mirarnos. A nosotros y a la chica embarazada que está a mi lado, no nos quita ojo.

A las señoras mayores las tiene fichadas también.

Por fin llega el bus y está intentando ponerse a mi lado, pero este no sabe con quien se va a meter.

Sabía yo, que me quería robar el desgraciado este. Ha intentado quitarme el bolso y la silleta de Pedro, pero al empujarlo se ha caído al suelo.

La gente se ha cebado con el un poco y lo han pateado a varios metros de la parada.

El conductor se ha dado cuenta y ha cerrado las puertas sin darle opción a subir.


Todos los días las mismas caras esperando a que llegue.

El chico desquiciado que nunca consigue coger el autobús, tremendo loco. Hace unos días una señora me contó que todos los días, lo deja una furgoneta en la parada a las 07;00 de la mañana y lo vuelven a recoger a las 14;00 sin que el haya conseguido subirse a ningún autobús.

La señora del turbante, que cada día va a quimioterapia sola, sin nadie que la acompañe o le coja de la mano mientras recibe ese esperanzador veneno.

La mujer embarazada que ya estará de 30 semanas o más, que una vez por semana coge esta linea para ir a la clínica a hacerse el chequeo rutinario.

En fin, la misma gente con sus problemas, calentamientos de cabeza, inmersos en sus monótonas vidas, siempre mirando el móvil o con las gafas de sol y auriculares.


Hoy también está esperando el autobús una cara nueva, una chica joven con su bebé en brazos. Va bastante cargada, a lo mejor necesitará ayuda. Tiene cara de angustia, entre el peso del bebé y de la silleta estará exhausta.

Hoy, como todos los días, el chico desquiciado está liando una escena.

Que pena, tan joven y ya con tantos problemas psicológicos. No sé que le pasa, pero siempre se queda en tierra.

Míralo ya ha intentado cogerle el bolso a la chica del bebé, y otra vez cierro la puerta antes de que suba.

Ahí se queda el muchacho otra vez..

Fin

Sara Soler López




miércoles, 5 de noviembre de 2025

El hombre sin sueños.

 

Era un hombre que vivía sin sueños.


Sus sueños habían sido pisoteados desde pequeño.

Le arrebataron la infancia de un plumazo un frío día de enero, cuando asesinaron a su madre delante de él.


Miguel, el que decía ser su padre la mató y justo después se quitó la vida ante los ojos del pequeño Arturo.

Eso le había marcado su existencia, y cada rasgo que veía en el que pudiera parecerse a Miguel, lo detestaba.


Sabía que su final estaba cerca, sabía que llevaba los genes de ese monstruo y que tarde o temprano cometería un error que lo llevaría a la tumba o a la cárcel.

Arturo no sé permitía tener sueños, ni amar, ni que lo amaran. En su interior sabía que no merecía la vida que había tenido.

Una fría mañana cualquiera del mes de Enero, decidió que acabaría con su agonía y se reencontraría con su madre. Sin titubear, se metió el frio acero del revolver en la boca y apretó el gatillo.

Nadie preguntó por el, nadie notó su ausencia.

Simplemente se fue.


Fin

Sara Soler López

Wicked game Canciones en el olvido

Para Carol.

Ella estaba sola, el como cada noche ponía música para los solitarios que visitaban su nido. 

Si, el era un buen pájaro y ella lo sabia. 

Lo miraba fijamente y lo tenía desconcertado. No sabia nada de ella, solo que a veces venia sola y se sentaba en la barra a beberse una copa de Moet. 

Ella sabía todo de el y no apartaba la mirada.

Desesperado puso Wicked game de Chris Isaak y salió de la barra para ponerse a su lado.

¿Nos conocemos? Le susurró al oído apartándole delicadamente un mechón de pelo.

No, -contesto ella.

La sexy melodía, la tenue luz y la sensualidad que ella emanaba lo hizo lanzarse al vacío y la besó.

Ella no se apartó, pero se quedó fría.

¿De verdad me has olvidado?

El se quedo sin saber que decir.

Ella lo miró, sonrió y se fue. Dejando tras de si una estela de perfume misterioso, una copa y una nota...

Fin

Sara Soler López 



November rain Canciones en el olvido


Siempre que sonaba November rain de Guns n'roses sentía que su piel se erizaba y sus ojos se humedecían. 

Ella estaba sola y el no la recordaba...

Buscó su numero en la agenda del móvil, respiró profundamente y le dio a llamar...

Un mensaje sonó al otro lado de la línea.

El numero marcado no existe...

Tiró el móvil al suelo y se fue a la calle, llovía mucho y estaba muy oscuro. 

Sabía donde se dirigía pero no tenía ni idea de que iba a hacer al llegar allí.

Estaba segura de que iba con toda la artillería  pesada. 

Notaba como de sus manos se escapaba toda la energía y ya no podía contenerse mas. Ahora o nunca, quizá mañana podría arrepentirse...

Fin

Sara Soler López 


Creep Canciones en el olvido.


El misterio envolvía a aquella chica que acababa de entrar al garito donde trabajaba. Sentía que algo los unía, pero no la conocía de nada, nunca habían hablado y ni siquiera sabía su nombre. Pero al verla, algo se removía dentro de su ser. Era como una sensación de calma, tranquilidad, estabilidad, respeto... Era extraño, incluso se le erizaron todos los poros de su piel.

Sonaba de fondo en el pub Creed de Radiohead cuando nuestras miradas se cruzaron, ella me sonrió como siempre y me hizo reunir el valor para hablarle.

Le di dos besos y le dije mi nombre. Ella, sorprendida, me dijo que ya nos conocíamos y que si tan fácil era de olvidar para que no recordara que ya se habían presentado. Si ella supiera... Me puse nervioso y solo conseguí decirle que si quería quedar conmigo algún día.

Ella me volvió a sonreír y miró al suelo. Salió del pub sin levantar la cabeza, al mismo tiempo, Radiohead me recordaba que soy un cretino y ella huía de mi...

She's running out

She run, run, run...


Martín salió corriendo tras ella, la agarró suavemente del brazo y la paró en seco. Ella no se giraba y tragaba saliva.

-Dime tu nombre.-Dijo el.

-Helena, me llamo Helena. -Contestó ella

-¿Cuando nos han presentado?- Dijo el.

-Hace..., hace unos días... Aquí mismo en el Blue...-Contestó Helena mirando al suelo.

- Helena perdona si te he ofendido, pero no me acuerdo de verdad, pero eso no quiere decir que no quiera conocerte. La ultima vez que vine al Blue, ósea el finde pasado, me la cogí gorda y no recuerdo nada de nada. Espero que no te llevaras mala impresión de mi. -

-Pero mírame por favor.- Dijo Martín.

Helena seguía con los ojos clavados en el suelo y de espaldas a Martín. No era capaz de mirarlo, era muy tímida y el era el hombre de sus sueños, literalmente, había soñado con el y con este momento durante mucho tiempo. Por eso tenía miedo, sabía que iba a pasar a partir de ahora, sus sueños o premoniciones nunca fallaban y estaba demasiado nerviosa para afrontarlo en estos momentos. Pero no le quedaba alternativa, el la tenía agarrada del brazo y sabía que no iba a soltarla de ninguna manera.

-Helena, mírame.- Martín le suplicaba.

Al fin pudo reunir el valor para mirarlo.

Lentamente se giró y levantó la cabeza del suelo. Esa maldita canción recurría a sus últimos acordes que resonaban a través de la puerta del pub que se había dejado Martín abierta. Y pasó, su sueño, se empezó a materializar.

La cogió de la cintura y la besó, tan dulce y suave como jamás nadie lo había hecho. Su aliento a alcohol la estaba mareando como si ella hubiera bebido de esos mismo cubatas probablemente de ron con naranja.

Fin

Sara Soler López 


Celeste, la asesina silenciosa.

Desde aquel 15 de noviembre de 2009 que nos despedimos con una abrupta mirada de indiferencia, no había vuelto a saber nada de ella. Habíamos estado juntas muchos años, íbamos al baño juntas, nos maquillábamos juntas, dormíamos juntas, éramos uña y carne. Nunca nos habíamos separado tanto tiempo, pero las cosas se habían puesto muy feas en esos días y no hubo mas remedio que dejarnos espacio. Nunca pensé que eso pasaría. Pasaron situaciones que causaron una gran brecha entre las dos, arruinaron a mi familia y casi me llevan a mi al borde de la muerte. Y todo por culpa de ella, de Celeste.

Solo era un poco más alta que yo, usábamos casi siempre la misma ropa, aunque con el tiempo y el crecimiento, ella se quedó atrás y ya no compartíamos ropa, ni zapatos, aunque si todo lo demás. A las dos nos encantaba maquillarnos, peinarnos y perfumarnos. Siempre estábamos metidas en nuestra habitación escuchando nuestra música favorita y contándonos todo tipo de secretos y aventuras que me habían pasado en el colegio. Ella, por su condición, no iba al colegio conmigo, pero yo siempre le enseñaba lo que había dado ese día en clase y me escuchaba encantada y con los ojos bien abiertos.

Llego la adolescencia y con ella los chicos. Nunca estaba conforme con los chicos que me gustaban, dejó de venirse conmigo a todas las partes de la casa, porque por su condición, ella nunca salía de allí. Se quedaba encerrada en la habitación todo el día hasta que yo llegaba. Y a veces no me recibía con buena cara. Siempre estaba de mal humor. Aun así yo le contaba todo de mi, de las clases, de los papás, mis miedos, mis angustias, mis deseos. Al fin y al cabo éramos hermanas. Y siempre me escuchaba y tenía consuelo para mi.

Cuando cumplí los dieciséis , me avergonzaba un poco de ella, de hecho nadie en el nuevo instituto sabía de su existencia. Era un secreto, aunque cuando llegaba a casa, allí estaba esperándome como siempre, con su cara redonda e infantil, sus ojos redondos y sus ganas de que le contara todo. A mi me reconfortaba tenerla y a veces en el instituto la echaba de menos ¿ porque no podía estar conmigo allí? No era justo. Debía hacer algo por ella.


Pero desgraciadamente lo único que podía hacer era darle mi tiempo, el poco tiempo libre que me quedaba, ofrecerle mi compañía y mi cariño.

Una mañana tuve una discusión enorme con mi madre y me encerré en la habitación llorando, Celeste me daba su apoyo siempre, pero en esta ocasión no me daba la razón. Le conté todo lo que había pasado, como mama había leído mi diario y había actuado en consecuencia cambiándome de instituto con el curso empezado y sin darme explicaciones, había leído que me había peleado con una compañera de clase y que sentía que me estaba acosando, aunque eran las primeras impresiones de un curso y de unos compañeros a los que aun debía adaptarme.

Le conté como odiaba a mama en ese momento, por lo que había hecho y por ir al instituto a denunciar a esa chica, como odiaba a esa compañera que había propiciado todo este desastre. Le dije que me gustaría que se incendiara la casa con ella dentro, cosas de adolescente malcriada y consentida, que otra persona no habría tomado en serio, pero Celeste si, ella me tomó en serio y pensó que era una mala hija por pensar eso, teniendo todo lo que tenía.



Pasados unos días me calmé y me disculpé con mi madre por ser tan desagradecida y ella conmigo por haber invadido mi intimidad. Fue un punto de inflexión entre las dos, nos empezamos a hacer más amigas que nunca, mama me llevaba de compras, para cambiar mi vestuario, me llevó a la peluquería para hacerme las mechas que estaban de moda en ese momento, empezamos a ser mas confidentes que antes y pasábamos mucho tiempo juntas y eso dejaba desplazada a Celeste.


La empecé a notar cada día mas distante, más arisca conmigo, ya no me miraba con ese amor y admiración de hermana que siempre me había transmitido. Se notaba que estaba resentida conmigo o que sentía que la había dejado de lado. Yo intentaba pasar momentos de calidad juntas, pero ella ya no quería, se negaba y se escondía en su habitación a leer, o simplemente a mirar por la ventana.


Como el distanciamiento ya era un hecho, pedí a mama que si podía instalarme en la guardilla yo sola, yo también necesitaba mi espacio y mis pertenencias cada vez ocupaban mas espacio. No podía compartir armario con ella, aunque tuviera cuatro trapillos como solía decir siempre.


A veces sentía que no existía, se me olvidaba que estaba ahí encerrada en su habitación, ni siquiera coincidíamos en horarios de comidas, y pasábamos días casi sin vernos. Su mirada cada vez que nos cruzábamos por el pasillo era de indiferencia total hacia mi. Había pasado a un segundo plano para ella y ella para mi.


Hasta que caí mala, cogí una infección bacteriana muy grave y no podía salir de casa, igual que ella, empezamos a volver a pasar tiempo juntas, yo en cama y ella a mi lado haciéndome compañía día y noche, no me dejó sola ni una sola vez.

Tuvimos conversaciones muy privadas como antes, volvíamos a ser las confidentes de siempre, amigas y hermanas. Yo estaba muy agradecida por no haberme dejado sola. Mama y papa tenían que salir a trabajar todos los días y ella se quedaba a mi lado a cuidarme. Mi infección no remitía y cada día estaba mas débil, los médicos no sabían que me estaba pasando, iba de tratamiento en tratamiento y no mejoraba, hasta que decidieron ingresarme en el hospital. Yo creo que ese fue el desencadenante de todo.


Yo estaba muy medicada y no me enteraba de si era de día o de noche, mama y papa venían todos los días y estaban conmigo, ella no podía salir de casa y no sabía nada de ella.






Un mañana de noviembre, llevaba varias semanas ingresada y estaba mejor, a primera hora de la mañana como siempre estaba esperando a que llegaran mis padres, el medico me había dicho que me iban a dar el alta ese mismo día y estaba deseando que llegaran para decírselo, pero no venían.

Se hacía cada vez mas tarde y ya las enfermeras me dieron mi ropa para que me vistiera y esperara en la sala de espera a que vinieran a por mi, ya que tenía el alta pero mis padres no llegaban.

El medico acabo su turno y me dijo que no podía esperar más. Me dio la documentación del alta y se fue. Yo me quedé ahí esperando toda la mañana y a las dos de la tarde una enfermera que me había cogido bastante cariño, me dijo que iba muy cerca de donde yo vivía y me podía llevar a casa. Yo acepté con ansias porque quería salir de allí y porque la preocupación era grande. Algo habría pasado para que no vinieran al hospital papa y mama. ¿Le habría pasado algo a Celeste? Su cuerpo era muy débil y cualquier gesto o golpe brusco la podía destrozar.


Estaba ansiosa por llegar y no me di cuenta del humo hasta que bajé del coche de la enfermera.

Los bomberos intentaban sofocar sin éxito las llamas que asolaban mi guardilla. El humo era negro e intenso. Mis padres estaban desolados mirando hacia su casa y Celeste estaba con ellos. Miraba al suelo, como si no quisiera mirar el desastre. Mama al verme corrió a mis brazos y se disculpó mil veces por no haber podido ir al hospital a verme. No les habían informado del alta y estaban tranquilos pensando que seguía en el hospital y no tendría que ver lo que estaba pasando. Papá en cambio estaba frio y no me miraba ni siquiera. Yo no entendía nada. Celeste tampoco cruzaba mirada conmigo, después de estar varias semanas sin verme, no me dijo ni hola. Estaban en shock.


Los bomberos dijeron que había sido un fuego aislado y no se podían averiguar las causas. Se quedó así la investigación, se montaron en el camión y se fueron.

Mis padres, Celeste y yo nos quedamos en la calle, solos, sin nada, y solo con el triste amparo de los vecinos y la desoladora idea de dormir en el coche los cuatro.

Esa noche intenté hablar con Celeste, pero no me dirigía la palabra, era un tempano de hielo. Yo empecé a llorar desconsolada y les gritaba a mis padres porque no me perdonaba lo que fuera que le había hecho.


Al día siguiente volví a caer mala, mis padres muy asustados me llevaron al hospital de nuevo, no sabían que tenia y los médicos me volvieron a ingresar en el hospital. Con tanta medicina yo volvía a estar casi sin sentido, no sabía ni donde estaba ni que día era. Pasaron días y semanas, yo seguía igual. Nadie me decía nada, mis padres venían, pero a veces venían muy poco tiempo. Porque no los dejaban estar mucho tiempo allí.

No volvía a saber nada de Celeste, desde aquella mañana en la que nos habíamos despedido para irme al hospital. Ella se había quedado en la puerta de casa esperando a que volvieran mis padres, me miró, yo la miré y nunca más supe nada.

Una mañana en la que mi madre vino a visitarme le pregunté por Celeste, mi madre, miró al suelo y se levanto para salir de la habitación.

- ¿ mamá le ha ocurrido algo a Celeste?

- ¿Estaría enferma como yo?

- A lo mejor era algo que habíamos comido juntas.


Pero mi madre ni me escuchó. Cerró la puerta de la habitación tras sus pasos y al rato vino la enfermera. Me dijo que mi madre había tenido que irse ante mi insistencia de saber de su paradero. Me volvió a dar la medicación que me dejaba semiinconsciente y no se cuanto tiempo pasó hasta que me madre volvió al hospital.

Mi padre no había venido tampoco en todo este tiempo, pero mi madre siempre me decía que estaba trabajando. Y yo lo entendía porque su trabajo siempre lo había mantenido lejos de casa.

Una mañana de las que vino, el medico me dio la gran noticia de que me dejaba irme a casa el fin de semana con mi madre, ya que me encontraba un poco mejor, con la promesa de que el lunes me trajeran otra vez para seguir con el tratamiento. Mi madre no se puso muy contenta, me dijo que de momento habían alquilado un apartamento de un solo dormitorio, porque no tenían dinero para más. Hasta que el seguro no pagara todos los daños y perjuicios tendría que dormir en el sofá ese fin de semana.

A mi no me importó. Pero cuando llegué al apartamento no había ni rastro de Celeste. Mi padre tampoco estaba. Aunque eso siempre era lo normal, pero Celeste no podía salir de casa por su condición, con este frio lo estaría pasando mal, con sus finos zapatos ortopédicos y su delicado y ya maltrecho cuerpo.

Le pregunté a mi madre por ella. Mi madre me miró y lanzo un gran suspiro, pero no me contestó, volví a preguntarle por segunda vez y se encerró en el baño con el móvil. ¿Por qué no quería decirme donde estaba Celeste?, ¿Qué había pasado? Estaba tan asustada que empecé a aporrear la puerta del baño, gritándole a mi madre que porque no me dejaba ver a mi hermana.

Al cabo de un rato llegó mi padre y me cogió de la mano para que me calmara, me dijo que mama no se encontraba bien y que íbamos a tomarnos un gofre juntos para que me calmara.


Sin darme cuenta estábamos en la puerta del hospital otra vez, mi padre me dijo que no era bueno que durmiera en el sofá estos días y que había hablado con el medico que lo mejor era que siguiera a sus cuidados hasta que encontraran una casa mejor y resolvieran todos los problemas.


Acepté con lagrimas en los ojos y un nudo en la garganta, pero entendí que papa lo hacia por mi bien, ¿pero que le pasaba a mama? Nadie me había dicho donde estaba Celeste.

Intenté averiguarlo preguntándole a las enfermeras. Pero solo conseguí que me pusieran la medicación que me dejaba medio dormida. Así pasé tiempo, no se cuanto, semanas, quizá meses. Había días que no recordaba ni a mis padres, ni a Celeste, ni mi nombre, pero me encontraba bastante sana.


Le comenté al doctor que ya me encontraba bien, que quería hablar con mi familia para ver si ya habían encontrado una casa en la que pudiera estar sin caer enferma otra vez. No sabían el origen de mi enfermedad, ni la causa, pero parece ser que era debida a una bacteria alojada en el cerebro. No habían conseguido erradicarla de ahí pero al menos estaba dormida. O eso pensaban, no tenían muy claro que ese diagnostico fuera certero.


Unos días después vino mi padre otra vez, me dijo que estaba contento de verme, pero que de momento no podía llevarme con el.

Pasado un tiempo, no se cuanto, me dieron el alta. No sabía nada de mis padres, ya no había casa donde yo me había criado y nunca más supe nada de Celeste.


Me mandaron a un piso tutelado para huérfanos, yo ya ni preguntaba por mi familia, por vergüenza, por desidia o quizá por miedo a que me dijeran que habían muerto. Y por Celeste menos todavía, no había sabido nada de ella en todo este tiempo, si ella no me quería perdonar por lo que fuera que le hice, pues yo a ella menos.


Pasaron los años y había terminado mis estudios de Administrativo, encontré un trabajo y me fui a vivir de alquiler con una compañera de trabajo.


Nos llevábamos muy bien, era una chica muy parecida a mi, casi como Celeste, pero sin sus limitaciones. Podíamos hacer de todo juntas, por fin tenia una amiga que me contaba cosas a mi, no siempre yo era la que hablaba. Me presentó a su hermano y en seguida congeniamos y empezamos a salir.

Fueron unos tiempos geniales, nos hicimos novios formales, empezamos a convivir, me iba muy bien en el trabajo y me quedé embarazada.

Tuvimos dos hijos en un plazo muy corto de tiempo, yo pensaba mucho en mi madre, porque me hubiera gustado tener su ayuda criando a mis hijos. Pero ella nunca más quiso saber de mi, y yo pues no iba a ser menos.


La vida seguía y un día cualquiera, entré en casa y ahí estaba Celeste, igual que siempre, con su ropa impoluta, sus zapatos ortopédicos y su pelo liso y brillante.

Me dio un vuelco el corazón y no sabía ni que decirle. Llevaba conmigo a mi hijo mas pequeño que se puso a llorar histérico en ese momento. Celeste no lo miraba, solo me miraba a mi fijamente. Mi hijo quería escapar de mis brazos pero yo no era capaz de soltarlo. Me arañaba, me gritaba y quería zafarse de mi, pero yo no quería soltarlo porque no me fiaba de Celeste, porque estaba aquí, ¿a que había venido?.


Creo que perdí el conocimiento y me volví a despertar en el hospital. Los recuerdos de un pasado en ese sitio empezaron a agolparse en mi mente. No quería estar ahí y quería ver a mis hijos y a mi marido. Eran lo único que tenia en este mundo y no podía abandonarlos. Las enfermeras me dejaron dar un paseo por el pasillo oscuro y solitario de la planta en la que estaba, fui dando un paseo intentando ordenar mis pensamientos y en un recoveco del pasillo había un descansillo con varias sillas y una mesita con revistas y periódicos.

Me senté a leer un poco porque pensé que sería buena idea.

Ahí en la portada del periódico estaba Celeste. ”La asesina silenciosa”. Decía el titular.

Mi pulso se empezó a acelerar, no atinaba a pasar las paginas para encontrar la noticia y por fin la encontré.


Celeste, la asesina silenciosa ha vuelto a hacerlo.


Tras quince años de su paso por el psiquiátrico por el intento de asesinato contra sus padres y haber incendiado la casa familiar, ha vuelto a hacerlo.

Ha asesinado a su hijo menor de tres años. Ahogándolo con sus propias manos.

En esos momentos llegó su marido y tras forcejear con ella consiguió escapar y llamar a los servicios de emergencia. Nada se pudo hacer por el pequeño que yacía en el suelo de su casa.

La agresora se encuentra ya a disposición de la institución mental de la que nunca debió de haber salido.


Corrió a toda prisa por el pasillo del hospital a buscar a las enfermeras, para decirles que esa era su hermana, que ya sabía porque nunca mas volvieron sus padres a buscarla, que tenia que salir de ahí para saber donde estaba su hijo menor ya que cuando ella se desmayó su hermana estaba ahí.


La enfermera la miro confusa y la cogió de la mano suavemente para calmarla. La llevó a una habitación muy iluminada en la que había un gran espejo un poco borroso, parecía de plástico.

  • Mírate.- Dijo la enfermera.

  • ¿como?- contesto ella.

  • Mírate en el espejo.-Dijo de nuevo la enfermera.

Ante sus ojos Celeste se mostraba en el espejo.


No sabía que estaba viendo y se asusto mucho. La enfermera le volvió a pasar el periódico que le había dado con la cara de Celeste y le dijo.


    • Sigue leyendo...

    • Celeste estaba muy aturdida y siguió leyendo la noticia.


La asesina iba acompaña de una muñeca de los años 80 llamada Celeste que medía 120 cm, desde pequeña estaba obsesionada con que tenia una hermana invisible y nada mas que se separó de ella mientras estuvo internada en el psiquiátrico.

La echaron de múltiples institutos y colegios debido a que hablaba sola y se quedaba con la mirada perdida durante horas.

Enajenada desde los dieciséis ha vivido en un mundo de fantasía del que según sus médicos nunca va a poder salir.


-Yo, soy Celeste...Yo maté a mi hijo.


- Ahora te veo Celeste, aquí estas en el espejo, después de quince años…


 Celeste estampo su cabeza contra el espejo con todas sus fuerzas, ante el pasmo de la enfermera.

Quedo medio moribunda con restos de cráneo en el espejo.

Una fina esquirla de espejo se desprendió y aprovechó en un momento de forcejeo con los enfermeros que llegaron abruptamente, y se rajó la yugular.


Cayó muerta en ese momento, solo balbuceó unas palabras. 

-"TE ODIO CELESTE".

Los enfermeros y equipo medico intervinieron inmediatamente pero ya era tarde. Celeste se había ido para siempre...


FIN

Sara Soler López 


5/6/24

Reescrito 04/11/25










martes, 4 de noviembre de 2025

La casa del ferrocarril.

 


Cuadro de Edward Hopper.



Quizá si nunca hubiera visto la película de Alfred Hitchcock, no tendía el juicio manipulado por esa gran obra de arte del siglo XX.

No vería la blanca luz del sol del medio día iluminando la desvencijada fachada que atrapó a Hopper para afanarse en ella. El cerúleo cielo que magnánimo da profundidad a la imagen.

Nunca hubiera visto las férreas y ardientes vías de tren que cruzaban el sureste del estado de Nueva York. Ni siquiera hubiera imaginado los años de esplendor e historias familiares, acontecidas entre aquellos muros situados en este árido paraje. Quizá sus moradores abandonaron sus pequeñas ventanas por la llegada de los feroces dragones de hierro que rompían la tranquilidad con rugidos y silbidos comparables a cantos de sirenas.

O puede que fuera por el áspero sol que los acompañaba en los meses mas duros del ineludible verano sureño, o los blancos y frígidos inviernos acaecidos antes del progreso industrial.

O simplemente, nunca mas pudieron volver a su hogar rebosante de historias, pasadas de generación en generación, porque las vías del tren cortaron sus caminos y los impidieron cruzar sin miedo a ser arrollados por el ruidoso futuro.

El olor a carbón y vapor tampoco debía ser agradable a sus burguesas narices y estropeaba las fastuosas cenas de pato con coles, ya que al pasar el ultimo tren del día, inundaba ala casa de ruidosos vapores, mezclados con el dulzón azufre de las coles, llevándose con el los sueños de una vida mejor.

Miraron por ultima vez las rojas chimeneas como incandescentes lenguas, que jamás volverían a escupir humo, desde el otro lado de las vías. Se despedían del recuerdo de las noches en la majestuosa terraza del primer piso, en las que bailaban al compás del dulce pianoforte.

O Hopper simplemente imaginó esa casa mientras viajaba en el tren de regreso a su hogar en Nyack.

Pintó algo tan sencillo y normal que transporta a quien lo admira a ese lugar, a esas historias imaginadas y como no, a Norman Bates asomado tras esas cortinas. Aunque eso ya, es culpa de Hitchcock no de Hopper.

Sara Soler López

La casa al otro lado de las vías

 

Relato inspirado en el cuadro de Edward Hopper 



Como cada mañana, Edward salía del caluroso escondite para buscar agua y algo de comida para su hermana Ingrid.

Habían usurpado un pequeño rectángulo en los bajos de la húmeda casa victoriana en la que moraban los niños desahuciados de la vida como ellos, a los que habían abandonado sus familias.

El habitáculo de Edward y su hermana Ingrid era parecido a un armario hecho de maderas quemadas, recogidas por Edward de un solar abandonado tras quemarse el almacén que allí se situaba. No tenían más que una manta vieja robada de una yegua preñada en una finca cercana y un cubo de metal que hacía las veces de orinal y de cubeta para recoger agua de un pozo cercano.

Ingrid siempre estaba enferma, su pálida tez y sus rojizos tirabuzones le daban apariencia de niña de buena cuna, por eso Edward la usaba siempre para robar comida en los puestos del mercado del pueblo cercano a sus víctimas. El se escabullía por debajo de los tenderetes de fruta y llenaba el cubo y la doblez de su sucio jersey de frutas y de lo que pillaba, incluso una vez se llevó un gato moribundo con la promesa de hacerlo a la brasa, aunque luego los lloros de Ingrid por el pobre gatito lo obligaron a enterrarlo cerca de la casa.

Edward era un niño bastante fuerte y valiente. A sus trece años ya había vivido tantas cosas que ya se sentía como un adulto de 50 años, y a veces hasta se fumaba un puro que robaba a algún banquero atraído por Ingrid. Edward se sentía mayor, pero es que nunca se había permitido ser un niño.

A veces soñaba con volver a casa, a los brazos de su amorosa madre Susan. Recordaba que se sentaba en su tierno regazo, vestido con un impoluto delantal blanco y se mecía con ella al unísono de su canto criollo.

La madre olía a galletas, mermelada de frambuesa, patatas hervidas y al fulgor de la leña ardiendo en la chimenea. Pero siempre que iba a mirar la cara de su amada madre, el sueño se desvanecía en la oscura y fría madrugada.  Despertaba sudoroso y llorando cada noche.

-Oh, Edward… cómo echo de menos a mamá -le decía Ingrid a su hermano.

-Sí, Ingrid, yo también-. Anda acurrúcate a mi lado que hace mucho frío y no vayas a enfermar otra vez -le contestaba Edward.

Ingrid presentía siempre que su hermano soñaba con su madre, a ella también le pasaba. Aunque no recordaba nada de ella, sí era capaz de reconocer su olor entre la multitud. Para Ingrid, su madre olía a comida, fresas recién cogidas y a crema de jojoba que ella misma hacía en casa. Y si cerraba muy fuerte los ojos, se imaginaba que veía una silueta de mujer llamada Susan.

Hacía tanto tiempo de aquello que ahora casi todos sus recuerdos estaban depositados en el cubículo de la casa de las vías del tren.

A Ingrid y su hermano ya les habían llegado rumores de que habían enfermado varios niños y que pronto morirían, pero les quedaba la esperanza de que ellos pudieran ocupar su sitio. Salir de aquel sótano era su único propósito en el momento actual.

Quizá su futuro estuviera en la casa al otro lado de las vías, en ocupar alguna oscura y fría habitación plagadas de mocosos niños y esperar a que alguna familia del condado se apiadara de ellos, o la caprichosa muerte se los llevara consigo a los primeros rayos de sol de la mañana.

Fin

Sara Soler López. 


domingo, 2 de noviembre de 2025

El hombre del espejo.

 

No podía parar de temblar, mi cuerpo convulsionaba al ritmo de los latidos de mi corazón.

Hacía años que no lo veía y sólo ver su imagen en ese espejo, mi cuerpo estaba sintiendo turbulencias.

Todos los recuerdos de aquella tarde vinieron a mi mente y por supuesto volví a saborear

ese olor dulzón a sexo furtivo, pan caliente y bollos rellenos de chocolate.

Volver a los 20 años recién cumplidos, con la inocencia intacta y recordar la emoción de

verlo por primera vez, esa mirada profunda que se clavó directamente en mi impoluto

vestido blanco a la altura de mi prístino escote.

Esa tarde jamás hubiera imaginado que el escaparate de una panadería me llevaría a sentir

el mal llamado amor a primera vista, ya que para mí fue amor al primer aroma, y por lo

tanto el encuentro sexual más vibrante de mi vida.

Conocí al hombre que me rompería el corazón, se lo comería ante mis ojos, mientras yo

babeaba frente a él.

Eran las siete de la tarde, estaba cansada del trabajo y tenía hambre. Ese escaparate tenía

unos bollos recién horneados aún humeantes con el espeso chocolate rebosando por las

grietas.

Entré sin pensar y ahí estaba él, solo tras el mostrador. Le dije que quería un bollo de los

del escaparate y él me pidió a cambio mi número de teléfono. No sabía qué me apetecía

más, si el bollo o el panadero.

Con el corazón en la boca le di el número en un susurro, lo apuntó rápidamente y salió del

mostrador para cerrar la puerta con llave.

Mi corazón seguía latiendo como la batería de un grupo de rock y, al pasar por mi lado de

nuevo, agarró mi mano y me llevó hacia el obrador. Sin hablar, sin pensar, sólo dejándonos

llevar por el arrebato, por el deseo, acabamos besándonos como dos tigres despedazando la

carne de su presa. En cuestión de segundos nos estábamos desnudando a tirones,

queríamos meternos el uno dentro del otro, fundirnos como el oro a más de mil grados. Y

nos unimos en una danza conceptual al ritmo de nuestros gemidos y gritos. El tiempo se

detuvo, fueron los minutos más memorables de mi vida.

Me fui de allí con mi bollo, con la esperanza de que me llamara, pero nunca lo hizo.

Volví a buscarlo a la panadería. Le dejé recados, pero nunca más volví a verlo.

He pensado en el cada minuto a lo largo de estos 30 años que han transcurrido desde aquel

encuentro furtivo y ahora lo veo aquí reflejado en este espejo, mirándome como aquel día,

mirando mi pulcro vestido blanco y mi ya maduro escote. Él sigue teniendo ese encanto

que me enamoró. No sé qué ocurrirá a partir de ahora, pero mis pasos ya me guían hacia

mi destino.

Fin.


No me llames Dolores llamame Lola... Cuento de Loli

 Mi via va pa´lante si estás solo conmigo... Sara conducía su Nissan Micra por las calles de Alicante, mientras cantaba esa canción que la h...