Relato inspirado en el cuadro de Edward Hopper
Como cada mañana, Edward salía del caluroso escondite para buscar agua y algo de comida para su hermana Ingrid.
Habían usurpado un pequeño rectángulo en los bajos de la húmeda casa victoriana en la que moraban los niños desahuciados de la vida como ellos, a los que habían abandonado sus familias.
El habitáculo de Edward y su hermana Ingrid era parecido a un armario hecho de maderas quemadas, recogidas por Edward de un solar abandonado tras quemarse el almacén que allí se situaba. No tenían más que una manta vieja robada de una yegua preñada en una finca cercana y un cubo de metal que hacía las veces de orinal y de cubeta para recoger agua de un pozo cercano.
Ingrid siempre estaba enferma, su pálida tez y sus rojizos tirabuzones le daban apariencia de niña de buena cuna, por eso Edward la usaba siempre para robar comida en los puestos del mercado del pueblo cercano a sus víctimas. El se escabullía por debajo de los tenderetes de fruta y llenaba el cubo y la doblez de su sucio jersey de frutas y de lo que pillaba, incluso una vez se llevó un gato moribundo con la promesa de hacerlo a la brasa, aunque luego los lloros de Ingrid por el pobre gatito lo obligaron a enterrarlo cerca de la casa.
Edward era un niño bastante fuerte y valiente. A sus trece años ya había vivido tantas cosas que ya se sentía como un adulto de 50 años, y a veces hasta se fumaba un puro que robaba a algún banquero atraído por Ingrid. Edward se sentía mayor, pero es que nunca se había permitido ser un niño.
A veces soñaba con volver a casa, a los brazos de su amorosa madre Susan. Recordaba que se sentaba en su tierno regazo, vestido con un impoluto delantal blanco y se mecía con ella al unísono de su canto criollo.
La madre olía a galletas, mermelada de frambuesa, patatas hervidas y al fulgor de la leña ardiendo en la chimenea. Pero siempre que iba a mirar la cara de su amada madre, el sueño se desvanecía en la oscura y fría madrugada. Despertaba sudoroso y llorando cada noche.
-Oh, Edward… cómo echo de menos a mamá -le decía Ingrid a su hermano.
-Sí, Ingrid, yo también-. Anda acurrúcate a mi lado que hace mucho frío y no vayas a enfermar otra vez -le contestaba Edward.
Ingrid presentía siempre que su hermano soñaba con su madre, a ella también le pasaba. Aunque no recordaba nada de ella, sí era capaz de reconocer su olor entre la multitud. Para Ingrid, su madre olía a comida, fresas recién cogidas y a crema de jojoba que ella misma hacía en casa. Y si cerraba muy fuerte los ojos, se imaginaba que veía una silueta de mujer llamada Susan.
Hacía tanto tiempo de aquello que ahora casi todos sus recuerdos estaban depositados en el cubículo de la casa de las vías del tren.
A Ingrid y su hermano ya les habían llegado rumores de que habían enfermado varios niños y que pronto morirían, pero les quedaba la esperanza de que ellos pudieran ocupar su sitio. Salir de aquel sótano era su único propósito en el momento actual.
Quizá su futuro estuviera en la casa al otro lado de las vías, en ocupar alguna oscura y fría habitación plagadas de mocosos niños y esperar a que alguna familia del condado se apiadara de ellos, o la caprichosa muerte se los llevara consigo a los primeros rayos de sol de la mañana.
Fin
Sara Soler López.
Si lo veo en una película no me metería tanto en los personajes y en la historia como leerlo así 👏
ResponderEliminarEs muy conmovedora
ResponderEliminarMe ha encantado
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