martes, 4 de noviembre de 2025

La casa del ferrocarril.

 


Cuadro de Edward Hopper.



Quizá si nunca hubiera visto la película de Alfred Hitchcock, no tendía el juicio manipulado por esa gran obra de arte del siglo XX.

No vería la blanca luz del sol del medio día iluminando la desvencijada fachada que atrapó a Hopper para afanarse en ella. El cerúleo cielo que magnánimo da profundidad a la imagen.

Nunca hubiera visto las férreas y ardientes vías de tren que cruzaban el sureste del estado de Nueva York. Ni siquiera hubiera imaginado los años de esplendor e historias familiares, acontecidas entre aquellos muros situados en este árido paraje. Quizá sus moradores abandonaron sus pequeñas ventanas por la llegada de los feroces dragones de hierro que rompían la tranquilidad con rugidos y silbidos comparables a cantos de sirenas.

O puede que fuera por el áspero sol que los acompañaba en los meses mas duros del ineludible verano sureño, o los blancos y frígidos inviernos acaecidos antes del progreso industrial.

O simplemente, nunca mas pudieron volver a su hogar rebosante de historias, pasadas de generación en generación, porque las vías del tren cortaron sus caminos y los impidieron cruzar sin miedo a ser arrollados por el ruidoso futuro.

El olor a carbón y vapor tampoco debía ser agradable a sus burguesas narices y estropeaba las fastuosas cenas de pato con coles, ya que al pasar el ultimo tren del día, inundaba ala casa de ruidosos vapores, mezclados con el dulzón azufre de las coles, llevándose con el los sueños de una vida mejor.

Miraron por ultima vez las rojas chimeneas como incandescentes lenguas, que jamás volverían a escupir humo, desde el otro lado de las vías. Se despedían del recuerdo de las noches en la majestuosa terraza del primer piso, en las que bailaban al compás del dulce pianoforte.

O Hopper simplemente imaginó esa casa mientras viajaba en el tren de regreso a su hogar en Nyack.

Pintó algo tan sencillo y normal que transporta a quien lo admira a ese lugar, a esas historias imaginadas y como no, a Norman Bates asomado tras esas cortinas. Aunque eso ya, es culpa de Hitchcock no de Hopper.

Sara Soler López

2 comentarios:

  1. Un texto que convierte una simple casa en un recuerdo vivo.Me gusta la mezcla nostalgia, arte e imaginación para hacer sentir el paso del tiempo y las historias que ya no están,me hubiera quedado leyendo un poco mas.🙌

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  2. Me flipa tu manera de describir este relato, cada detalle, época etc..

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