LA TOALLA MOJADA.
Despertó de un largo y reparador sueño. No estaba en su camarote... Estada desnuda.
Abrió los ojos despacio, que, cegados por el sol de la mañana, se veían aún más de color melocotón que
habitualmente.
Su femenino cuerpo desnudo se veía reluciente bajo las sábanas blancas iluminadas por el sol. La cama
estaba vacía y Ana sonrió.
Era una chica dulce, amorosa, y se hacía querer por todos. Aunque ahora tostada por el sol del barco, su
piel era blanca y pecosa, contrastaba mucho con la castaña media melena y con el color claro de sus ojos,
lo que le daba un aspecto juvenil que todas sus compañeras envidiaban.
Usaba perfume Channel no 5, desprendía misterio y sofisticación, lo que le había ayudado a encajar muy
bien en su puesto de azafata en cruceros de lujo. Tenía estilo, siempre se había preocupado a partes iguales de su aspecto y de su educación, hablaba cuatro idiomas y era experta en protocolo.
Salió del camarote a las ocho en punto, como cada mañana, con el uniforme impecable, traje azul capitán, chaqueta cruzada, blusa de seda y falda de tubo por encima de la rodilla, con una discreta abertura trasera.
El cabello recogido en un moño italiano que rezumaba lujo silencioso y un discreto maquillaje en tonos
rosados.
Siempre se cruzaban en el pasillo Óliver y Ana. Ana olía tan bien que Oliver no podía evitar aspirar su
aroma al pasar junto a ella. Cuando llevaba el pelo suelto, tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no
caer desmayado a sus pies. Era una mujer increíble. Todos la deseaban, pero ella sabía guardar las
distancias y hacerse respetar por todos, era intocable. Además, él era sólo el barman de uno de los bares
del barco; Ana jamás se fijaría en él. No era feo, al contrario, era un hombre bastante guapo para ser
alemán. Aspecto nórdico, fuerte como un soldado vikingo, ya que cada día a las seis de la mañana subía al gimnasio para potenciar sus músculos y mantenerse en forma. Permanecía encerrado en el barco durante muchos meses y, aunque el barco era inmenso, él se movía por espacios muy reducidos. Óliver era rubio de ojos azules. Algo que Ana encontraba irresistible.
Ella aguantaba la respiración cada vez que se cruzaban al salir del camarote, no quería que Óliver notara
que el pecho se le agitaba a su paso. Desde el primer día eran vecinos de habitación y ella soñaba cada
noche con esos brazos rodeando su cuerpo. Estaba loca por él, pero Óliver parecía que la ignorara.
Aquella noche Ana vio que la puerta de Óliver estaba entreabierta y pensó en cerrarla, pero llamó con
varios toques.
-Hola, soy Ana, ¿estás ahí dentro?
-¡Adelante, Ana! Estoy en la ducha, salgo enseguida -dijo Oliver.
Ana entró en la habitación, que olía a perfume de hombre y a testosterona, se notaba que había estado
haciendo deporte, sólo imaginarlo, sin camiseta y sudoroso, se estremecía. Estaba increíblemente excitada y, sin darse cuenta, se sentó a los pies de la cama mirando hacia la puerta del baño. Deseando que saliera semidesnudo y mojado. Su imaginación volaba tan rápido que se quitó la chaqueta y se desabrochó los primeros botones de la blusa del uniforme.
Cuando Óliver salió de la ducha, Ana estaba totalmente avergonzada, pero mordiéndose los labios
mientras lo miraba con deseo.
-¿Quieres tomar algo Ana? -le dijo él.
-No, no, no, no, sólo quería saber si estabas bien, tu puerta estaba abierta. Yo sólo... -titubeaba
Ana sin saber que decir, aunque se había metido en la habitación sabiendo perfectamente lo que buscaba.
De repente, Óliver se ilusiono con la posibilidad de enrollarse con Ana, notó su mirada de
deseo, se percató de que se había desabrochado varios botones de la blusa y vio en ella una actitud
seductora.
Ella no decía ni palabra y Óliver la miraba embobado.
-Ana... ¿querías algo? -le dijo él.
-La verdad, si quería algo respondió Ana mientras se acercaba a Óliver al tiempo que le ponía un
mechón de su pelo mojado tras la oreja.
-Ana... no te acerques tanto, que no voy a poder contenerme... sonrió Oliver, susurrando casi
sin aliento.
-Quizá eso es lo que quiero, Óliver... que no te contengas.
Óliver pudo por fin oler el pelo de Ana, olía tan bien, que no podía casi respirar. El corazón de
Óliver, que estaba casi desnudo y mojado, le latía a 200 pulsaciones. Sus cuerpos se acercaron
peligrosamente y la toalla estuvo a punto de caer al suelo. Óliver necesitaba controlarse, tenía que ser más sensato, no quería que Ana pensara que era un ligón de medio pelo, porque él era un tío formal y estaba loco por esa mujer.
Pero, mientras él estaba dubitativo, Ana no quiso perder el tiempo. Lo besó sensualmente y él no se resistió, pegó su cuerpo al de ella y la agarró fuertemente por la cintura, fue un beso largo, salvaje, cargado de intenciones y deseos.
Como Óliver temía, la toalla cayó al suelo, pero Ana, lejos de sorprenderse, sonrió y se agachó a
recogerla...
Fin.
Sara Soler López,
Muy excitante y sensual me encanta 🫦
ResponderEliminarMuy sexi...pero, seguirán juntos??? Próximo capítulo 😉
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