La prima favorita.
19 de abril de 1954
Querida prima:
¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? Espero ansiosa tu visita en los próximos meses; no te haces a la idea de todas las cosas que tengo que contarte. Nos quedaremos exhaustas de tanto charlar hasta altas horas de la madrugada. ¡Ay, prima! Tengo tantas ganas de verte...
Me siento cada mañana en el jardín a admirar las flores, los pájaros y el azul cielo de primavera, pero la soledad me rodea enseguida y me tengo que meter en casa con el alma rota. Esta gran casa cada día se hace más grande y aislada. No viene casi nadie a visitarme y aquí nadie habla conmigo. Es como si me huyeran... Cada vez que me cruzo por los pasillos con algún sirviente y levanto la mirada para decirles algo, las palabras se pierden en mi boca como un débil susurro al viento, ya que huyen despavoridos como si una muerta les hablara.
Pienso en mi marido, que un día me trajo aquí y partió rumbo a Italia a levantar una gran empresa de chocolate con la promesa de que volvería en el plazo de un mes. De eso ya no sé cuánto tiempo hace; desde que estoy aquí el tiempo pasa distinto. Los días parecen cortos como las noches y las noches se hacen eternas, como los aburridos días de las olvidadas vacaciones de verano en el pueblo. Excepto cuando tú venías: ahí todo cambiaba, querida prima. Echo de menos nuestras charlas, tus historias de la escuela en la capital... Me hacías reír con tus absurdas escapadas para conocer a los chicos de otros colegios. Todo lo contabas con tanta gracia que aún recuerdo cada una de tus travesuras con tus amigas.
Por el contrario, yo siempre me he sentido sola. No he tenido amigas en las que pudiera confiar, nunca he tenido la oportunidad de escapar de ningún sitio para vivir experiencias que contar; siempre me han tenido acobardada y sentada en esta esquelética silla. Pero no quiero aburrirte con mis desolados pensamientos. Cuando llegues, todo será diferente, ya lo verás. Estoy aprendiendo a hacer torrijas yo sola por las noches, cuando los sirvientes están durmiendo para que no me molesten, ya que seguramente no me dejarían hacerlo por mí misma. Cuando estés aquí, las haré para ti.
¡Ay, querida! Ansío tu visita como lluvia de mayo. Mientras tanto, te seguiré escribiendo. En la próxima carta te daré las indicaciones para que llegues sana y salva a la casa, ya que esto está muy retirado y espero que mi marido ya haya vuelto para que pueda ir a recogerte a la estación.
Te quiero, querida prima.
5 de junio de 1954
Querida prima:
Hace más de un mes que te escribí una carta y no he sabido nada de ti. Estoy preocupada; eso sí, sé que la carta te ha llegado porque el correo en la capital va rápido y la última vez que te escribí solo tardó una semana en llegar.
He tenido noticias terribles y necesito compartirlas contigo, prima. Por eso, aunque no haya recibido respuesta a mi carta, te vuelvo a escribir. Es urgente que vengas, ya que la situación aquí ha cambiado considerablemente. Han intentado ocultármelo los sirvientes pero, como he aprendido a moverme en la oscuridad de la madrugada, lo he podido ver con mis propios ojos. Tienen a alguien encerrado en la casa; no he podido averiguar quién es, ni si es hombre o mujer, ni si hay más de una persona.
La casa tiene tres plantas y en la última solo está el torreón, al que se accede a través de un largo pasillo oscuro y tenebroso. Tengo que confesarte que la primera vez que me atreví a cruzarlo se me hizo un nudo en la garganta de pánico y angustia, y creí que iba a morir. Lo crucé lo más rápido que pude con mis tísicas piernas, que casi no podían mantenerme en pie después de lograr subir las tres plantas hasta la torre. Allí vi una gran puerta de madera con pomo de hierro que, por descuido de los carceleros, se había quedado entreabierta. Sin perder ni un minuto —ya que el miedo que sentía era abrumador, podía sentir algo tras mis pasos y estaba a punto de gritar—, entré en el torreón y cerré la puerta tras de mí.
La oscuridad se hizo latente frente a mí, pero en el rincón izquierdo, cerca de la única ventana del torreón, había una pequeña lámpara encendida. La luz que daba era tenue y amarilla, pero sobraba para mostrarme lo que, con genuina angustia, vieron mis aterrorizados ojos. Había una sucia cama en el centro de la habitación, algunas sábanas tiradas en el polvoriento suelo y un pequeño bulto que se contorsionaba de dolor entre las viejas mantas, que fue lo que llamó mi atención. Intenté acercarme con calma y determinación para saber de qué o quién se trataba, pero un gutural alarido proveniente de la cama me atravesó como un rayo y no pude más que salir corriendo, como pude, escaleras abajo. Las piernas no me respondían; los últimos tramos de la escalera y el largo pasillo hasta llegar a mi habitación los hice casi a rastras, agarrándome a las paredes y, en los últimos momentos, arrastrándome como un gusano sudoroso y sin aliento.
Querida prima, desde esa noche no he podido pegar ojo, ni siquiera soy capaz de comer nada. No me fío de nadie y ni tan solo quiero saber si, cuando recibas esta carta, la situación habrá empeorado. Ven lo antes posible, prima, y trae ayuda; a alguien de confianza que pueda resolver esto y sacarme de aquí sin formar un escándalo, ya que el prestigio de mi querido marido se vería afectado al haber dejado al cuidado de su mujer a una serie de sirvientes carceleros y, quizá, psicópatas.
Te quiero, querida prima.
28 de junio de 1954
Querida prima:
Esta carta nunca verá la luz. Sin duda, ni siquiera tus ojos tendrán el placer o privilegio de leerla... Sé que estarás pensando en qué habrá sido de mí después de la carta que te envié hace días o, quizá, no la hayas leído o incluso nunca la leas. Pero debo contarte lo sucedido en estos días. Ya casi no tengo miedo. Se ha resuelto todo de un modo inesperado, con un final que ha resultado ser más desolador de lo que podrás imaginar.
Tras unos días de descanso para recuperar fuerza en mis débiles piernas, volví a salir de la habitación de madrugada para subir al torreón. Como había cogido fuerzas, esta vez conseguí subir más rápido y con más resuello. La pesada y misteriosa puerta volvía a estar abierta; esta vez, casi como la dejé hace unos días. Entré en la habitación, en la que reinaba un silencio atronador, y con fuerzas y seguridad renovadas me dirigí a la cama. El bulto seguía ahí, pero esta vez no se movía; estaba quieto y silencioso como el desolador torreón.
¡Ay, querida prima! Esta vez no hubiera sido capaz de huir. No podía dejar de mirar lo que descubrí al tirar de la manta con cautela para no asustar o despertar a lo que allí yacía. Una maraña de cabellos rubios cenizos, llenos de bichos, insectos y gusanos que daban buena cuenta del banquete, salieron a mi encuentro. Un cuerpo inerte, casi en los huesos, lleno de rasguños y carnes ennegrecidas abiertas en canal por un arma cruel, se mostraba ante mis ojos como una horrible pesadilla. Grité y grité pidiendo ayuda; llamé a los sirvientes de todas las maneras posibles mientras sujetaba entre mis manos tu precioso cabello, intentando recomponer tus partes en un intento desesperado de devolverte a la vida...
Sí, querida prima. La que yacía inerte en esa sucia y horrible cama de tortura eras tú, mi querida prima favorita.
No podía parar de llorar, no encontraba consuelo; moviéndome por la habitación de un lado a otro y gritando a Dios que te devolviera la vida, aunque solo fuera un momento para poder despedirme de ti. Pero ninguna de mis plegarias tenía respuesta: ni Dios, ni los sirvientes, ni tú acudíais a mi llamada. Pasaron horas hasta que me hice a la idea de que no ibas a volver. El amanecer empezaba a resurgir entre las sombras del torreón; acurrucada en un rincón, mi mente estaba tan nublada que no conseguía entender cómo habías podido llegar a ese sucio sitio y quién había podido cometer semejante homicidio "en mi propia casa" sin yo haberlo sabido. Probablemente, pensé, los psicópatas de los sirvientes habían acabado con tu vida y habían ocultado tu cuerpo en ese siniestro sitio para después huir, dejándome abandonada a mi suerte. Me di cuenta de que hacía días que no había visto a nadie por la casa, pero había algo que no tenía sentido. Una neblina espesa ocupaba en mi mente el lugar de un lúgubre recuerdo que luchaba por aflorar a la luz.
Querida prima, el corazón se me paró en seco. Me faltaba el aire, no podía respirar y en mi mente por fin se despejó la neblina, anticipando con mis recuerdos lo que mi mente consciente estaba ya intentando encajar: yo te había matado. Te había encerrado en esa mazmorra llena de ira y resentimiento. Fue en tu última visita; sí, cuando viniste a verme los primeros días de estar en esta casa. Estabas contenta, casi diría que eufórica. Habías venido a contarme que te habías prometido con un hombre, un gran empresario italiano que te llenaba de regalos y de cariño al que, por motivos de trabajo, no habías podido presentarme todavía; al igual que estabas deseando conocer a mi recién estrenado marido que, por motivos también laborales, todavía no habías podido conocer.
Mis manos se iban retorciendo de rabia mientras recordaba cómo, al sacar de tu bolsillo la foto de tu amado, mi vida se partió en dos. Mi cuerpo se estremeció en un quiebro del destino y, con el atizador de la chimenea del gran salón en el que nos encontrábamos, te di en la cabeza, viendo cómo tu mirada pasaba de la euforia y la alegría al miedo y a la comprensión.
Sí, querida prima. Yo te he matado. Yo te encadené a esa cama dejándote morir al descubrir, con gran asombro, que tu amado y prometido era, sin lugar a dudas, mi marido.
Sin más, querida prima, me despido para siempre de ti y de mí. Ya que, estando en este viejo y abandonado torreón, aprovecho los últimos minutos de la noche para lanzarme por la ventana y decirte adiós para siempre.
Te quiero, querida prima.
Fin.
Sara
Soler López
Me recuerda mucho a uno que ya escribiste que no tenía nada q ver con este,pero me encantó, este lo veo totalmente acertado para una película,lo he visualizado casi como si estuviera allí imaginando el escenario…. Me ha súper encantado!! Es un relato que combina misterio y tragedia, construyendo una atmósfera cada vez más oscura hasta llegar a un giro final impactante… 10!
ResponderEliminarEs del estilo de Celeste, intrigante y un giro final inesperado. Gracias Mar, sabía que te iba a gustar 😘
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