jueves, 16 de abril de 2026

Reto 1 16/04/26


Respira. “Solo tienes que cruzar ese pasillo y todo habrá terminado para ti”... Resonaba en mi cabeza. El sonido sordo de los chispeantes neones, no presagiaba nada bueno. Un intrigante tintineo se escuchaba a lo lejos; otra razón por la que no avanzar por el enjuto pasillo. Pero sabía que no tendría otra oportunidad: me lo jugaba todo a una sola carta.

Mis manos, temblorosas por el miedo, no me servirían para mucho en esas condiciones, debía estar muy atenta a todo lo que había a su alrededor, ya que, si me desviaba un solo milímetro, estaría muerta. El angosto pasillo podía ser otra ilusión como las anteriores; estaba lleno de vegetación, con un riachuelo que cruzaba por el centro y unas estrechas y enjutas riberas que hacían las veces de camino y terrario para reptiles. Debía ser rápida, precisa y estar lo más calmada posible.

Ya llegaba mi turno. Miré a mi alrededor, ya solo quedaban dos personas tras de mi, y de las cinco anteriores, no sabía que había sido.

Cada vez que uno de los participantes se disponía a cruzar, todas las luces se apagaban, y en el más oscuro silencio, avanzaban sin piedad hacia su destino. No se escuchaban gritos; no se intuía nada.

Ya se habían encendido las luces para mi; ahora debía prepararme. En unos minutos estaría a salvo o quizá no, pero de una manera o de otra, todo habría terminado. Las luces se apagaron y cogí aire. El sudor frio me caía por los ojos, por lo que decidí cerrarlos y centrarme en el camino que había memorizado.


Si mis cálculos no fallaban, en seis zancadas por las piedras del riachuelo podría llegar sin problema; eso si, si las piedras no escondían ningún secreto...


Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... Junté los pies en un ultimo salto y me dejé caer donde debería estar el final del pasillo: la orilla norte del riachuelo.


Escuché un impacto sordo al momento en el que mis pies tocaron suelo firme; me sentí orgullosa, lo había conseguido. Había cruzado el pasillo y seguía estando viva.

Mi mente ya anticipaba el calor y la luz del sol, recordando los cálidos días que anhelaba desde que estaba allí dentro. Mis ojos se empezaban a abrir despacio para acostumbrarse al exterior, pero empecé a sentir un leve mareo; una sutil punzada de dolor en la frente, que, sin saber por qué, rezumaba un espeso liquido caliente. No terminé de abrir los ojos, me quedé allí, estática, comprendiendo al fin que todo había terminado para mi; vislumbrando el recuerdo, de aquellas palabras en la cara infame del miedo.


Fin.

Sara Soler López.

lunes, 13 de abril de 2026

El camino de los naranjos

 

El camino de los naranjos
Desde que pongo los pies en la calle, un frío murmullo se desliza bajo mis pies hasta que el grito verde de la glorieta detiene el tiempo; tiempo que me descubre en mis auriculares la música de La paloma: «Cuando salí de la Habana, ¡válgame Dios!». Y mis pensamientos se desdibujan cual velas en las liturgias de los domingos. Las metálicas campanas suenan a vísperas solemnes de un pasado glorioso. Ese sabor a sombra de las baldosas frías abriéndose paso hacia donde el aire se vuelve un perfume de frescor esmeralda...
La evocadora música me devuelve a la vida a mi persona especial: a mi bella Lola, mi abuela, blanca y celestial como una paloma. Esa melodía me la cantaba ella con su aguda y suave voz de color cristal; era una suavidad punzante que acariciaba y hería a la vez, mientras estrujaba mi débil y golondrino cuerpo en un abrazo de amargas angustias almendradas.
Paseando por el andén de mis tiernos recuerdos, bebo el perfume blanco del azahar, mientras mis pasos esculpen un camino de baldosas que trepa al cielo para abrazarla de nuevo. Llego al desierto portal donde una vez estuvo tu hogar, repleto de sueños de terciopelo en las paredes de tu habitación; doradas figuras que me recreaban una somnífera danza que sabía a anís y al lechoso olor de los blancos tragos de tu amor. En ese portal ya no están ni tu casa ni mis sueños.
Sigo mi paseo por las angostas calles de granito mientras el sol de la tarde pinta un calor ambarino sobre mi espalda. La dulce copla seguía sonando en bucle, traicionando a mis oídos, que sollozaban dolidos por el vacío oscuro de su ausencia.
El aire cerca del río Segura tiene un sabor metálico y baldío que, de repente, se vuelve sucio al volver a los adoquines del andén. Mis pies arrancan notas húmedas de las baldosas, componiendo una ansiosa melodía. Caminando, escucho el eco agrio de mis pasos sobre el mármol roto y descubro un santuario con un secreto que había permanecido oculto a mi cegada mirada. Un aroma a sombra y oro viejo, que se alzaba con luz fría bajo sus grises cúpulas, me descubrió al fin a la escurridiza ave: una lechuza mágica que presagiaba el principio del naranja solsticio con su polvorienta sombra.
Con mis sueños oliendo el desaliento en cada esquina de tus olvidadas moradas, vuelvo tras mis pasos por tus ruinas amadas. En cada esquina exhalo un aroma de sombra antigua y las calles estrechas me abrazan como un murmullo de cal y sal.
Pasear por Orihuela es como beberse una limonada ácida y vibrante que baja de la sierra. «Orihuela, tu pueblo y el mío…», rezaba Miguel Hernández en uno de sus poemas. Por tus calles voy pisando versos de tus infinitos colegas; versos amargos, húmedos, como la fresca lluvia que este año no deja de visitar nuestra árida tierra.
Cada paso hacia atrás me pincha un seco y ambarino dolor por dejar tus aterciopeladas calles, ansiosas de rojas túnicas y negros cobertores con el sabor dorado de nuestra Semana Santa. Llevo de nuevo a mi calle mis doloridos pies que, con ansias de oler tus históricas procesiones, absorben un último aliento de los amargos naranjos que la invaden.
Fin.
Sara Soler López

El lugar del que nunca volveré

 

Sara Soler López


El lugar del que nunca volveré

El anaranjado amanecer presagiaba un cálido día de agosto. Ya antes de salir en el Regional Express tenía un nudo en el estómago, como si la profundidad de lo que iba a vislumbrar me estuviera atravesando con un cuchillo y, a partir de ahora, mi manera de ver la vida cambiara para siempre.

El traqueteo del primer tren de la mañana me tenía adormecida; no era consciente de hacia dónde iba. Los paisajes eran idílicos: pequeñas casas con coquetos jardines y turquesas piscinas que, en pocas horas, estarían plagadas de infantiles e inocentes risas. Durante una parte del viaje —aproximadamente unos cuarenta minutos al norte de Berlín—, veía densos bosques, un parque natural de paisajes mixtos con senderos y casas de terrenos agrícolas que, pese a ser el mes de agosto, conservaban una húmeda vegetación.

El ambiente, al llegar a la estación de Oranienburg, era distendido, ya que todos los que íbamos en ese tren estábamos de vacaciones. Mientras el guía nos iba adentrando en las historias que nos iba a contar, la canción de Edith Piaf, La vie en rose, sonaba en mis auriculares, acompañándome por el pueblo que me llevaría a nuestro destino. Un destino manchado de sangre y restos de botas.

Todo parecía sacado de una novela de Rosamunde Pilcher, con viandantes enamorados y floristerías de coloridas fachadas que sabían a cenas románticas. Incluso pensé: «Me gustaría vivir aquí...». A la izquierda, la oficina de correos, construida entre 1925 y 1927, destacaba por su fachada neoclásica y sus detalles decorativos. Me adentraba en un lugar donde se mezclaba el orden arquitectónico y la vida pausada. Fachadas sólidas que sonaban a máquina de escribir antigua, con fríos bloques geométricos que proyectaban sombras de sábanas limpias; patios silenciosos, interrumpidos solo por el teclear en un portátil y el reflejo de la luz sobre la pantalla. Algunos foráneos aprovechaban el calor tímido del primer sol de la mañana —como un roce de lana fina sobre la piel— para trabajar al aire libre con un humeante café entre las manos.

Me sumergí en un sendero de casas bajas, un concierto de texturas y colores que se podían palpar con la mirada. El blanco de las vallas y las cercas de madera no solo limitaban el espacio, sino que eran un grito que sabía a mañana recién estrenada. Las flores eran manchas vibrantes: los pétalos de los tulipanes golpeaban nuestra vista con un estruendo aterciopelado, mientras que las lavandas exhalaban un azul punzante.

«A la derecha encontramos el Palacio de Oranienburg con sus majestuosos jardines…». Eran jardines profundos con olor a historia; el pasto no solo se veía, era fresco y desprendía olor a raíces nobles. El aire del parque tenía una claridad que casi se podía beber, un silencio que solo rompía el murmullo del agua en los canales. Me estaba encontrando, irremediablemente, con el amargo destino que muchos hicieron glorioso, como héroes de rayada armadura, pensando que, tras sus pasos, llegarían a construir un vivo sueño de trabajo y prosperidad, aunque con la fría incertidumbre de los que no saben que van a morir.

«El trabajo os hará libres», rezaba en la incierta puerta que los condujo al más trágico de sus destinos. El cenizo silencio no era ausencia de ruido, sino una sustancia gris y pesada que se podía masticar y aplastaba los oídos con la fuerza de una pedrada fría; un frío que no rodeaba el cuerpo, sino que lo atravesaba con un cristal roto.

La escalofriante atmósfera volvió el ambiente denso, una niebla emocional que sabía a tierra seca y a tiempo detenido. La luz perdió su melodía y se convirtió en un resplandor hostil, un tono mortecino que no acariciaba, sino que juzgaba tu convicción o raza. A cada paso que daba por aquellos senderos, las almas perdidas se arrastraban fantasmagóricas, pidiendo agua y comida, recordando que aquello no era una visita a un museo, sino el vivo recuerdo de la ambición llevada a los extremos. Los muros y el suelo exhalaban una vibración áspera, un rugido de hambre y quietud que hacía que cada paso sonara como una profanación.

El aire que soplaba esa mañana tejía, con sus ráfagas, hilos de miedo e incertidumbre, como si el diablo los estuviera manejando en manos de arios soldados. Era desolador: un espacio vacío rodeado por gigantes torres de ojos acusadores que presagiaban muertes injustas solo moviendo su infame mirada. En los negros barracones había una oscuridad palpable, un lugar donde el aire era como un paño empapado en tristeza, donde las polvorientas literas aparecían carcomidas por el amargo sabor del odio. La hosquedad de las piedras revelaba susurros de gritos silenciados que enseñaban dulces traiciones y que, al tocarlas, hacían sentir el débil latido interrumpido de quienes caminaron creyendo en promesas de agua y alivio.

Los susurros de esperanza —esas canciones de cuna y sueños de regreso que flotaban como un polvo asfixiante— eran música amarga que se desintegraba en el aire, chocando con la realidad del hierro. Sentí el engaño con tacto de seda; las mentiras de «a las duchas» o «las visitas al médico» eran una caricia de cuchillo con suavidad fingida que desembocaba en un estruendo de gas invisible. Era un olor a miedo químico, de experimentos rancios y asfixiantes que, pese a las décadas albergadas entre sus muros, se seguía sintiendo.

Pequeños comedores donde la masificación prolongaba la agonía a cada minuto, eligiendo si saborear las aguadas papillas de orines de rata o probar la suerte en la cola para ir al baño, aunque quizá no diera tiempo a entrar. Vi los grandes ojos tristes de los niños separados de sus padres reflejados en sus paredes quemadas. Sentí el aroma rancio y pesado impregnado en sus pieles tras días de largas caminatas. Sus pies descalzos caminaban ahora sobre un dolor violeta, una eléctrica punzada que contrastaba con la cegadora nieve de una marcha que no tenía fin, probando las botas fabricadas para los soldados.

Otra vez la sibilina presencia del diablo pasaba a mi lado. A cada palabra del guía, mi cuerpo convulsionaba por los recuerdos de vidas pasadas, regurgitando el sabor de los muertos bajo los senderos cercanos a las vallas. Los soldados aniquilaban, engañados por una promesa de libertad. Me dirigí a los rugidos de los hornos del horror, cunas horripilantes en las que el último aliento del prisionero se mezclaba con el hollín de recuerdos a lluvia sobre tierra quemada. Como una diabólica y suntuosa melodía llegaban los más débiles en fila india para su triste desenlace; bajo el silencio ensordecedor rezumaba una negra y pesada vibración en la piel, como una caricia nauseabunda antes del horror final, depositando sus cadavéricos cuerpos en manos enemigas y sus almas en el murmullo de las chimeneas.

Una mezcla de sentimientos estrujaba mi agria garganta, como si pegajosos gusanos la recorrieran de arriba abajo mientras visitaba el barracón-museo. Allí las fotos antiguas, los libros de visitas y las cartas jamás enviadas convivían junto a restos de botas, ropas y cabellos de niños y mujeres que ya nunca más verían el amanecer. Los deseos de escapar de allí se agudizaban a cada paso que daba hacia los confines del opresivo paraje inmundo.

Un grandioso Cerbero de tres cabezas anunciaba la victoria soviética y el cierre del infierno, permaneciendo el amargo aroma imborrable de la sucia muerte en las morgues, rebosantes de curiosos que satisfacían sus aterciopeladas garras de consuelo. Salí cargada de humildad y cegada por los estertores de aquellos paisanos que dieron su amarga vida para que nunca más se volviera a repetir una historia parecida. Al cruzar la salida del recinto, la luz del día golpeaba ansiosa, como si el sol también quisiera callar lo que había visto.

Al salir te ofrecían «agua gratis», un alivio que, al tocar los labios, se transformaba en un trago de frescura con sabor amargo. Un caudal de caricias oxidadas que bajaban por la garganta cargando con el eco roto de las almas. Al beberla, era imposible no sentir en el paladar el metálico aroma de las tuberías, ese silencio líquido por el que un día fluyó la sangre de los inocentes.

Al regreso a la estación, los profundos jardines ya no desprendían olores inocentes, ni sus gentes se atiborraban enamoradas con el ácido de la col en las cafeterías bajo la mirada de sus bellas parejas; ni las casas blancas con tejados rojos a dos aguas, en las que los ambiciosos comandantes del régimen nazi reposaban sus fríos culos, eran idílicas, ni tenían aspecto de hogares con olor a felicidad. Eran casas en las que míseros hombres se regodeaban en la frialdad de su lisérgica ambición y el eco vacío de la humanidad.

Un viaje aterciopelado que terminó siendo una amarga pesadilla con sabor a ocre y espeso gas, tiñendo el aire de un eco repetitivo: un genocidio en bucle con olor a ceniza.

Antes de volver al metálico tren, un último vistazo a la oficina de correos mostraba, en su reflejo, a las almas itinerantes que cambiaban el oxidado sabor de la sopa por el gusto seco y almidonado de los sobres, lamiendo sellos y saboreando la civilización fuera del campo en una gota de pegamento agridulce.

Dejé trozos de mi alma en aquellos muros llenos de sueños rotos. Nunca más volveré a ser quien era, porque de allí... de allí ya no volví».

Fin.

Sara Soler López



Es un texto con una carga histórica y emocional muy necesaria.

Este es un relato estremecedor. Has logrado capturar perfectamente el contraste entre la belleza idílica del pueblo de Oranienburg y el horror gélido de Sachsenhausen.

La ruta del infierno.

 

La ruta del infierno

(Grupo de WhatsApp: FRIENDS)

Hola chicas, hoy salgo temprano de ruta y no os voy a ver para el desayuno dominguero, pero antes tengo que contaros algo. Me han metido en un grupo de WhatsApp muy extraño; no sé el motivo, pero al ver la notificación se me han acelerado las pulsaciones. Se llama «La ruta del infierno». He pensado que podría ser la asociación de senderismo de la que estuve hablando hace poco con los del curro pero, al comprobar los integrantes, no había nadie que conociera. Estaba a punto de salirme del grupo cuando, por fin, han metido a Mireia de contabilidad y ya me he quedado más tranquila. Han hecho una quedada esta mañana a las 08:00 h y, como llevo estas vacaciones un sedentarismo brutal, me he apuntado. Voy de camino a la ubicación que han puesto y espero llegar a tiempo; son las 07:45 h y llego tarde, en mi línea...

Hola, @Mari. Pásalo bien, pero ten cuidado, ya que te recuerdo que en la última ruta te lesionaste el hombro al resbalarte en el río. ¡No te pierdes una, reina! No llegues tarde o te dejarán en tierra.

Buenos días, petarda. ¿Quién es Mireia de contabilidad? Nunca has hablado de ella, no me suena. Pero bueno, ten cuidado, que como te ha dicho Silvia, no te vayas a caer otra vez en un río y tengamos un susto. Ya nos cuentas; a ver si repetís la ruta de los acantilados, que yo no pude ir y habéis contado cosas tan bonitas que estoy deseando ir. ¡¡¡Disfruta!!!

¡Hasta luego, Maricarmen! ¿Te llevas comida? Que en los acantilados te llevaste una ensalada y casi te da un jamacuco del hambre que tenías a las cuatro de la tarde. ¿Adónde vas? ¿La ruta del infierno? Eso está por la zona norte de Alicante; tiene bastante dificultad esa ruta, ve con ojo. Besos, guapa. @Yesica, ¿no estarás enfadada todavía con Mari, no? Ella fue sincera contigo y te destapó al cretino de tu novio, que ya se la había querido cepillar dos veces.

Chicas, no preocuparos, todo bien con Yesica; ya hablé anoche con ella y todo arreglado. Respecto a la ruta, sí, es cerca de Alcoy. Nos recogen con una furgo de doce plazas y volvemos después del atardecer; por cierto, han comentado que no hay otro igual en la Comunidad Valenciana. Las fotos que han subido son impresionantes. ¿Recordáis en la de los acantilados el amanecer? Aquellos irreales colores del cielo, el sol saliendo del mar como si estuviera naciendo de las profundidades de la tierra, el olor a arena mojada y a sal... La suave brisa nos golpeaba la cara mientras escuchábamos en el altavoz chill out ibicenco del bueno, que contrastaba con el húmedo golpe de las olas en las rocas. ¡Qué experiencia! ¡Qué faena que te lo perdieras, Lauri! Fue algo irrepetible. Estoy llegando al punto de encuentro y, de momento, no veo a nadie; seré la primera por primera vez en mi vida... ¡Os voy contando!

Sí, en cuanto estés en la furgo manda fotos del paisaje.

(Unos minutos más tarde...)

Chicas, ha venido el de la furgo, pero no hay nadie más. Voy a ver qué pasa, ahora os digo.

¿Estás sola?

El conductor dice que tenemos que recoger a los demás en otros pueblos; yo acabo de enterarme de esto. Voy a ver quién es el admin del grupo y le pregunto por privado. Esto me huele un poco mal, la verdad... Sí, Lauri, estoy aquí sola con el tipo este y tiene una mala cara que no me gusta un pelo.

Oye, ¿por qué no nos mandas el número de matrícula?

No seas exagerada, Laura, la vas a asustar. ¿Ha llegado ya algún miembro más del grupo?

Chicas, ya he hablado con el admin y está todo ok. Me subo a la furgo, os voy contando conforme vayamos recogiendo a más compis. ¡Ciao!

No me da buena espina todo esto, Mari. Activa la ubicación de tu móvil y mándanos la matrícula. Besos.

Chicas... Siento deciros que algo no va bien. La furgoneta va a toda velocidad y no puedo ver nada del exterior; están todos los cristales tintados y la cabina está separada con un panel negro. No hay nada de luz aquí dentro. Creo que me he metido en un lío, estoy muy asustada. No puedo compartir la ubicación, no funciona. Llevamos ya media hora de viaje y no ha parado a recoger a nadie; no quiero ponerme en lo peor, pero pinta mal. Si veis que no doy señales de vida, llamad a la policía. No he apuntado la matrícula, pero la furgoneta es negra con cristales tintados y el conductor lleva una gorra amarilla y gafas de sol de esas tipo ciclista. Decía llamarse Miguel.

Hola a todas. Sí, el conductor se llama Miguel. Mari, no va a recoger a ningún compañero más. De hecho, los de tu curro no saben nada al respecto de ese grupo ni de esa ruta. Solo vas a ir tú. Vas a disfrutar como nunca de una experiencia sensorial donde tus sentidos se agudizarán al máximo. Por ejemplo, el olfato: olerás el sibilino miedo acercarse afilado a tu garganta. Tacto: sentirás el frío acero rasgando tu cuello, dejando escapar el caliente flujo de sangre emanando de tu cuerpo. Gusto: saborearás la traición como un pesado combustible que avivará tus llamas más internas dejándote sin aliento. Vista: lo verás todo con los ojos bien abiertos y las pupilas pegadas con pegamento; así no podrás quitar la vista del precioso atardecer. Y, por último, el oído: todo ocurrirá mientras escuchas los audios de tus fieles amigas relatando cómo quedabas con mi novio mientras yo trabajaba o atendía a mi madre moribunda. Además, tendrás el privilegio de escucharte jadeando en los audios que le mandabas a Jorge para ponerlo cachondo, incitándolo a quedar. Será una ruta inolvidable. ¡Disfruta!

¿De qué estás hablando, @Yesica? No estamos para bromas; esto es grave, no sabemos dónde está Mari. Y ella no ha hecho nada con tu novio.

Laura, yo se lo conté a Yesica. Sabe toda la verdad, no hace falta que mientas; ya está al tanto de todo.

Pero, ¿os habéis vuelto locas?

Laura, le hemos mandado todos los audios y mensajes que Mari mandó al grupo de «Friends sin la petarda». Ha visto las fotos subidas de tono que le mandaba a Jorge y las que él le mandaba en respuesta. Ha escuchado los audios en los cuales relataba cómo lo devoraba con la mirada mientras Yesica estaba distraída. Ha visto todos los mensajes que tenía en el móvil calentando el ambiente y convenciendo a Jorge de que Yesica no era buena para él, contando mentiras sobre ella, sobre que cada fin de semana se enrollaba con uno... Plasmando en Jorge montones de inseguridades sobre su relación con Yesica. Sobre todo, los audios insinuantes que día tras día le mandaba jadeando mientras se masturbaba pensando en él. Lo ha visto y escuchado todo. Además, Jorge ha confesado y está arrepentido de haberse dejado embaucar por Mari.

Yesica, estás perdida. No vas a poder salir de esta.

Chicas, no sé qué decir. Solo acabad con esto ya; hablamos y lo solucionamos todo. Tengo mucho miedo, la furgoneta ha parado y todo está muy oscuro. Tengo miedo de que el tal Miguel abra la puerta, no oigo nada... Escucho pasos ahora. No quiero perderos; os quiero, perdonadme por todo. He sido una cretina insensible. Antes de que me saquen de aquí y no vuelva a veros jamás, quiero deciros algo: a todos y cada uno de vuestros novios he intentado seducirlos; he medido el deseo y el amor que os tenían con las ganas y las veces que cedían a mis insinuaciones. Sí, me he enrollado con todos. Desde que teníamos quince años he sido el plan B de vuestros novios, pero no podía permitir que os hicieran daño y os los quitaba de encima demostrando que no eran buenos. Lo he hecho siempre por vosotras. Si nunca más os veo, os diré también que cada vez que he ido a vuestras casas os he robado ropa, perfumes y joyas sin que os dierais cuenta. Sí, ¿cuando os faltaba algo y os volvíais locas buscando? Me lo había llevado yo. Debo confesar que esto lo hacía por envidia, porque teníais siempre cosas bonitas y yo no. He tenido que buscarme la vida sola y utilizar las pocas herramientas que la naturaleza me ha dado para poder subsistir. Pero no pensé que os estaba haciendo daño; solo cogía vuestras sobras. Ya abren la puerta de la furgoneta... Una última cosa, Yesi: el día que falleció tu madre dejaste las pastillas a la vista de cualquiera que entrara a tu casa. En la caja ponía: "Media para dolor fuerte". Mientras fuiste al baño, le di cinco pastillas; dejó de quejarse y al fin descansó. Confieso que tu madre me caía bien, pero me escuchó hablando con Jorge y no quería que sufriera más por mi culpa. Espero que cuando encuentren mi cuerpo y le den sepultura, os vea en mi entierro como las amigas que siempre fuisteis, aunque yo no os correspondiera igual».

Mari, Miguel no va a matarte. Es policía y, por si no te has dado cuenta, es el sexto miembro del grupo. Teníamos sospechas de los robos que habías cometido en nuestras casas, pero es que acabas de confesar las infidelidades y el asesinato de la madre de Yesica. Vas a ir a la cárcel; eres una asesina. Jódete.

Chicas, era todo una broma. ¿Os lo habéis creído? Si Jorge y todos vuestros novios eran unos capullos... y la madre de Yesi estaba más muerta que viva. Lo de robaros, ¡broma también!

Púdrete en el infierno, Mari.
—A la mierda, zorra.
—Que te follen.
—Ojalá te arranquen el pelo en la cárcel.

Soy Miguel, ya la he detenido. Tengo su móvil y pruebas suficientes para meterla en la trena una larga temporada. Gracias por vuestra ayuda.

Mari salió del grupo.

Fin

Sara Soler López




Peri machismo. ( Columna periodística)

 

 

Columna periodística: Peri-machismo
Vivo en una sociedad en la que o eres hombre, piensas como hombre y sigues la corriente masculina, o realmente no eres aceptado. Recibes críticas de las mismas de tu especie si te sales de la norma establecida por el patriarcado. Nunca vas a acertar con tus decisiones: si decides casarte joven, ser madre temprana, dedicarte a las labores de tu casa y cuidar de tu marido e hijos, serás criticada por no haber estudiado una carrera y haberte labrado un futuro en solitario; por no haber sido una mujer individualista y haber necesitado de un hombre para progresar.
Si estudias una carrera, te dedicas a tu trabajo, convives con tu pareja y eres una madre tardía, te etiquetarán de egoísta por haber tenido hijos tarde y dejarlos con los abuelos para poder trabajar; y de cornuda por no tener tiempo de arreglarte para tu marido, que buscará el calor de otra mujer en la barra de un bar. Si decides ser libre, no tener pareja, no tener hijos, labrarte un futuro y ser simplemente una persona que vive individualmente su vida con su Satisfyer, eres una solterona que seguro tiene algún problema por el cual todos los hombres la dejan plantada.
Y ya, si vamos con el tema edad, el rango de opinión es mucho más amplio. Si te enamoras de un hombre mayor a una edad temprana, eres una oportunista que ha encontrado un sugar daddy; y si te enamoras de un hombre más joven, «apaga y vámonos»: «esta se ha buscado un colágeno para la vejez».
Es increíblemente complicado ser mujer en la sociedad en la que vivo (digo vivo porque, a veces, creo que habito un planeta aislado y solitario). Ahora, además, entro en una fase que nadie entiende: algunos médicos la niegan, otros lo achacan todo a ella, los psicólogos la usan para quitarse trabajo y nosotras... nosotras aquí estamos: perimenopáusicas perdidas, asexuales y secas como pasas. Tomando magnesio, aguacate, vitamina D y probióticos; usando lubricantes para tres polvos que echamos al mes; usando cremas para vernos la piel más joven, ya que nuestro colágeno se ha ido de paseo durante una temporada larga y todo en nuestro cuerpo quiere ensanchar o colgarse.
Y si todo esto fuera poco, está bien visto que los maridos nos dejen para irse con mujeres más jóvenes porque «¡ay, pobrecito!, es que su mujer está muy desmejorada». Pero anda, hazlo tú: vete con uno más joven para que te aporte todo ese colágeno y vitaminas que necesitamos en la perimenopausia con el fresco semen que ofrece esa juventud. Entonces la historia cambia: el pobre chico será el joven que se ha «enamorado» de una vieja.
«En mi mundo, en mi sociedad, en mi planeta solitario, a esta patología la llamo "peri-machismo". Un trastorno social que algunos médicos fingen no ver, que otros nos diagnostican como "histeria" y que la mayoría de los hombres utiliza como el lubricante perfecto para escurrir el bulto y beneficiarse del sistema. Al final, parece que en la menopausia lo único que se detiene es nuestra regla, porque el juicio ajeno sigue fluyendo con la misma puntualidad de siempre».
Sara Soler López


Esta es una columna de opinión muy potente, con un tono mordaz y directo que retrata una realidad muy cruda.




Diario 12/04/26 Segundo día

 

Diario
Querido diario:
Te prometí volver cada noche, pero la vida, egoísta y posesiva, me lleva por su camino de responsabilidades consumistas. No me deja tener el placer de tenerte entre mis dedos ni cabalgar por tu rojo lomo durante las horas de insomnio, ya que el algodón de trescientos hilos de mi cama me atrapa como una camisa de fuerza, con los ojos abiertos por metálicos ganchos quirúrgicos, como Alex DeLarge en La naranja mecánica de Kubrick. Yo quiero tatuarte la piel con mis palabras; las tengo en la cabeza, pero cuando vengo a ti, la bruma me tapa la visión del horizonte donde pretendo guardarlas.
Hace poco vi una imagen, de esas que te ponen los psicólogos para ver qué tipo de personalidad tienes. La imagen contenía figuras de animales y la primera que vino a mi mente representa mi actitud ante la vida: yo solo conseguí ver un caracol. Me enfadé por no haber visto otro animal; un caballo salvaje que represente mi fuerza y vitalidad, un poderoso león que represente la belleza y ferocidad que creo tener, un cocodrilo con grandes fauces que represente las ganas que tengo de comerme el mundo... Pero no, yo solo vi un lento y simple caracol. Al buscar el significado del insulso animal, mi enfado fue en aumento, pero comprendí que la razón rozaba la verdad: «No es pereza, es inseguridad; no es ineptitud, es miedo a hacer el ridículo».
Pues sí, realmente el test había acertado; contenía en esas palabras una gran verdad que yo no quería ver, pero que me abrió los ojos. Soy un caracol, pero en todos los aspectos y con todas las consecuencias. Llevo en mi mochila vivencias de toda la vida que, inevitablemente, marcan el transcurso de mi camino. Voy despacio, lenta, pero llegaré algún día a mi meta. Una carrera polvorienta y bien pensada en la que veo pasar por mi lado a mi entorno, corriendo y parando a pocos metros, arrastrando la lengua y con la boca seca, mientras yo, lidiando con mis inseguridades, con mis vergüenzas y miedos a la espalda, sigo despacio mi camino por la carretera desierta y soleada, llena de cadáveres a los lados, apartándolos para poder seguir.
Querido diario, ¿conseguiré algún día ser escritora? Te pregunto a ti, ya que me conoces desde siempre y quién mejor que tú para ver lo que yo no veo. Llegaré, despacio, pero lo haré. «Escritor es quien escribe», leí esa frase en algún sitio. «Lector es quien lee»... ¿Tiene sentido? ¿Crees que lo lograré?
No quiero prometerme que lo haré, pero sí te prometo que volveré. Volveré a escribir en tus páginas, volveré a soltar lágrimas de tristeza, emoción y rabia sobre ti. No me abandones tú a mí, querido amigo. Desde que tengo uso de razón he plasmado en ti mi vida, mis miedos, mis inseguridades. Ahora ya sabes por qué lo hago: porque soy ese caracol perdido en sus miedos y sueños, que desea llegar, pero no sabe si tardará tanto que ya será tarde.
Buenas noches de nuevo, querido diario.
Con amor, Sara.

Este fragmento de tu diario es de una honestidad brutal y tiene unas metáforas visuales muy potentes. 

Reto 1 16/04/26

Respira. “Solo tienes que cruzar ese pasillo y todo habrá terminado para ti”... Resonaba en mi cabeza. El sonido sordo de los chispeante...