El mar se extiende infinito y plateado por el sol de la mañana. El traqueteo del tren apacigua el ansia de llegar al encuentro; la necesidad de un nuevo comienzo alberga, también, el deseo de romper con el pasado. El vagón, medio vacío a primera hora del trayecto, ahora rebosa de olores y conversaciones mundanas que aterrizan la idílica idea de un viaje sin retorno. El "caballo veloz" relincha de vez en cuando, mientras me adormece su vaivén.
A mi alrededor, veo caras desconocidas, hambrientas de aventuras y sueños por cumplir. Nos dirigimos a comernos el mundo: algunos con billete de vuelta; otros, sabiendo que será su último viaje, su última aventura; o quizá, para algunos, lo sea sin saberlo. El paisaje va cambiando: oscuridad a la velocidad del rayo o la tranquilidad de un escenario verde y azul al aminorar la marcha.
Nunca sabremos qué pasará en un viaje sin retorno, pero hay que disfrutar cada segundo, cada rayo de sol y cada bocanada de oxígeno que nos ofrece la existencia. La vida es ese viaje al infinito, plagado de amor, dolor, aventuras, temores y aprendizajes; un lugar donde cada uno venimos a contemplar el mar plateado en una travesía larga o en una aventura casual, o tal vez a verlo rugir en una oscura tempestad el resto de nuestros días.
17-02-26
Sara Soler López
No hay comentarios:
Publicar un comentario