lunes, 17 de noviembre de 2025

Evita "On the rocks" Versión Caperucita roja.

 

EVITA “ON THE ROCKS”



Eva era una chica preciosa. En el barrio la conocían todos como Evita, por su melena rubia. Llamaba la atención por donde pasaba, ya que tenía una larga melena ondulada, ojos color ámbar y vestía siempre impecable. Parecía que se iba a comer el mundo.

Su padre, un viejo hostelero ya jubilado del “Bar On the rocks”, desde la muerte de su madre, intentaba cuidarla y protegerla como podía. Había dejado al cargo de su hija el bar, pero la orgullosa Eva no se dejaba controlar de ningún modo.

Como siempre, Evita se encargaba de llevar el negocio a trancas y barrancas. Ya que un bar como el suyo, regentado por una mujer, no estaba bien visto y nadie se lo ponía fácil. Pero ella seguía adelante como siempre, con la cabeza alta y siguiendo, a veces, los consejos de su padre.

Una noche, un cliente, que nunca había pasado por allí, se sentó en la barra y le pidió un café. El cliente parecía agradable, hablaba con el café humeante entre las manos y Evita se entretuvo largo rato con él.

El bar se vació sobre la hora de la cena y ella se dispuso a recoger mesas y a atender una llamada de su padre, en la que le recordaba que, después del cierre, debía llevar la recaudación directamente a casa, ya que al día siguiente debían efectuar unos pagos a Hacienda a primera hora antes de abrir el negocio.

Evidentemente el extraño se percató de la conversación y, mientras Eva le daba a su padre las cifras del día y le preguntaba cuánto efectivo tenían en casa para ver si era suficiente para enfrentar la deuda, el extraño se ofreció amable para ayudarla a recoger la terraza, así ella acabaría antes con los quehaceres típicos del cierre de un bar.

Siguieron hablando de todo tipo de cosas que iban surgiendo en la conversación, hasta que Evita cerró la puerta y se dispuso a despedirse de aquel amable caballero.


- Ha sido un placer conocerlo, le agradezco mucho su ayuda, mañana está usted invitado al café que prefiera. No dude en pasar por aquí. Pero disculpe, que no le he preguntado su nombre -le dijo Evita.


- Me llamo Lorenzo, pero todos me llaman Lobo -le dijo él mientras cogía el dorso de su mano para besarla con galantería.


- Yo soy Eva, pero, como habrá podido comprobar este rato en el bar, todos me llaman Evita -dijo ella mientras guardaba las llaves en el bolso junto con un sobre.


- Pues Eva, un placer y hasta mañana entonces.


Eva se quedó un poco desconcertada al ver la calle tan oscura y miró su reloj para percatarse de que a esas horas no podría coger ningún autobús.

Lobo aprovechó el titubeo de Eva y volvió tras sus pasos.


- ¿Te puedo acercar a algún sitio? Tengo el coche a tan sólo dos calles de aquí -le dijo Lobo con una amplia sonrisa. –Pero sólo si me pilla de paso a casa, ya que no me gustaría desviarme mucho. -¿Por dónde vives Eva?


- Pues vivo a pocos minutos de aquí, pero, como es carretera, no me gusta ir andando sola a estas horas. Está junto a la Gasolinera Repsol frente al parque Astronómico. La casita blanca que tiene un gran árbol en el porche. No tiene perdida, solo está esa casa. ¿Te pilla de camino? -dijo Eva.


- Uy, sí, por supuesto. Si te parece bien, como estás cansada, voy por mi coche y te recojo aquí en pocos minutos -dijo Lobo. -Te lo agradezco mucho, hoy los tacones me han destrozado los pies. Eva, o Evita, se apoyó en la fachada del bar esperando a su nuevo amigo. Pero los minutos pasaban y Lobo no llegaba.

Tras más de media hora esperando, decidió que se marchaba. Probablemente ese hombre se había arrepentido de su ofrecimiento.

Eva se marchó y, tras 20 minutos de caminata, vislumbró a escasos metros la casa familiar, aunque había algo extraño en ella. Estaban todas las luces apagadas y eso era raro en su padre, que siempre la esperaba para cenar y una ver película juntos.

Abrió la puerta despacio y sigilosa.


- Papá, ¿estás en casa? -dijo Evita alzando un poco la voz-. Papá, papá…


Comenzó a buscar a su padre en cada una de las habitaciones de la casa, pero estaba todo en silencio, “se debía haber ido la luz en casa, porque no funcionaban los interruptores”, pensó Evita.


De repente, escuchó el sonido del agua en la ducha, pero la puerta estaba cerrada. Abrió la puerta…


- Papá, ¿eres tú? -dijo Evita.


-Sí, soy yo, mi niña. Se ha ido la luz. Espérame en la sala que en seguida voy -dijo Lobo imitando la ronca voz del padre.


- Vale, papá. Ahora te veo. He traído la recaudación, no tardes.


Evita estaba sentada en el sofá de la sala de espaldas a la puerta, únicamente con la luz de la luna que entraba a duras penas por la ventana. Escuchó pasos y dio por hecho que era su padre.


- Papá, siéntate aquí conmigo -dijo ella, amorosa.


- Sí, Evita, ya voy… -dijo Lobo.


-Papá… -entonces Evita no pudo decir más.


El cruel y despiadado Lorenzo, alias Lobo, era un delincuente fugado de las autoridades. Cuando lo iban a meter en la cárcel por triple homicidio, se dio a la fuga. Y acabó escondido en el “bar on the rocks”.

El precioso cuello de Eva fue degollado con un fino hilo de acero. Casi no se resistió. La atacó por detrás y a oscuras, ella no tuvo tiempo de pensar, no sufrió.


Fin

Sara Soler López



3 comentarios:

  1. A la orden del día, no te fies de los lobos con piel de cordero!

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  2. Madre mía, desgraciadamente así es.... No confiar ni en tu sombra

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  3. Me ha gustado mucho, iba leyendo y me iba imaginando que algo iba a pasar, pero me ha sorprendido... Pobre Eva... Más relatos o cuentos cortos de este estilo porfa 😉

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