La perla.
En una lejana granja uno de los cerdos encontró una gran y legitima perla en el
lodazal, decidió no comerla ni pisotearla, en su lugar, consciente de su valor la
lavó hasta verla reluciente y la colocó sobre una piedra para que todos pudieran
admirar su pureza y belleza. Los demás cerdos conmovidos por el gesto, dejaron
de gruñir y revolcarse por el barro y empezaron a tener respeto por lo ajeno. El
dueño de la granja al ver que sus cerdos no se peleaban y que el corral estaba
limpio con una pulcritud casi humana, decidió que era pecado mandarlos al
matadero.
Esa misma noche mientras el granjero dormía con la conciencia tranquila por su
nueva ética vegetariana, el cerdo de la perla se acercó a la joya, la tragó de un
bocado no por hambre ni por gula, si no por asegurarse de que nadie mas pudiera
ser tan bueno como el, no sin antes haber encontrado su propia perla.
A la mañana siguiente, el grajero amaneció con un hambre atroz y al ver que el
corral volvía a estar sucio y los cerdos eran otra vez cerdos, comprendió que la
virtud era un lujo demasiado caro para el desayuno.
Fin. Sara Soler López
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