La terrosa brisa, predecesora a la impredecible e inestable tormenta, esparce esporas de húmeda tierra,
flores mojadas, fétidos sonetos de alcantarillas secas por las largas épocas de sequía.
Remolinos de salinos aires de levante traen consigo aromas de abono y de ceniza mojada de la quema de
matorrales en la cercana huerta.
El olor a tierra de macetas recién regadas en los blancos portales, que pronto se teñirán de la sahariana
agua roja.
Gases de los motores, en contacto con la incipiente humedad del asfalto, recuerdan que la naturaleza es
sabia y los humanos estamos luchando contra un rival imbatible. Nos inundará con su trémula lluvia
buscando sus secos y polvorientos caminos hasta llegar al azufrado y mariscado mar, llevando por
bandera a la ingenua ciudad.
Sara Soler López.
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